lunes, 15 de junio de 2026

La corrupción, fuerza de hoy.



 Se ha escrito mucho sobre el género policial, y uno de los ensayos que más me gusta, pertenece a Jorge Luis Borges. Se trata en realidad de una conferencia que Borges dio en la universidad de Belgrano en 1978. Fue un ciclo de cinco conferencias, de “clases magistrales”, que fueron compiladas por Emece al año siguiente y publicadas bajo el nombre “Borges oral”. La última de estas conferencias, “El cuento policial” ha circulado a modo de introducción en varios libros de relatos policiales. Especialmente en ediciones de “Seis problemas para don Isidro Parodi” unos cuentos que Borges escribió junto a Bioy Casares bajo el seudónimo de H.Bustos Domecq, en 1942.

En este texto brillante, Borges ubica el origen del cuento policial en “los crímenes de la calle morgue” de Edgar Allan Poe, publicado originalmente en 1841. sostiene aquí Borges, que este origen del género está marcado por una pretensión de Poe de construir un género intelectual “Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería que fuera un género intelectual, un género fantástico si ustedes quieren, pero un género fantástico de la inteligencia, no de la imaginación solamente; de ambas cosas, desde luego, pero sobre todo de la inteligencia.” En los “Crímenes…”, están los principales elementos del género policial. Aparece la figura del detective (Auguste Dupin “el primer detective de la historia”) que funciona como un razonador abstracto y, que a partir de pistas que se le presentan sin demasiadas complicaciones (Dupin accede a toda la información sobre el crimen a través de los diarios) termina por resolver el crimen.

 

Otro punto importante aquí es que el crimen tiene la forma de un misterio inexplicable. En los “crímenes…” Poe inauguró además el misterio del cuarto cerrado por dentro (¿cómo entró el asesino?).  Este doble juego entre lo fantástico que implica el crimen inexplicable y la resolución intelectual lleva a un paso posterior que explorarán otros autores, sostiene Borges “Chesterton hizo algo distinto, escribió cuentos que son, a la vez, cuentos fantásticos, y que finalmente tienen una resolución policial.” En el esquema de Poe, lo fantástico, lo inexplicable del crimen, se va diluyendo como un espejismo a medida que las armas del razonamiento comienzan a operar. Y es a partir de la inteligencia, que en base a las pistas que el detective (y el lector simultáneamente) va encontrando a lo largo del relato como se termina por resolver el crimen. La resolución del crimen es a su vez la resolución del relato. La tensión dramática, voy a aventurar como hipótesis, está dada por la ausencia de lógica de los acontecimientos, que se multiplica con las pistas dispersas y a veces falsas, y así, el desenlace no es un hecho de acción sino hecho de la inteligencia. Es la aparición de la lógica que da sentido a todos los hechos dispersos: el motivo del crimen y el criminal. Como se ve, el relato policial en esta configuración inicial, con su forma intelectual, carece de acción y violencia. Ni Dupin termina peleando con los asesinos, ni lo hace Sherlock Holmes. La verdad es una fuerza poderosa, el criminal confiesa al verse descubierto o bien termina siendo pacíficamente arrestado, en escasas ocasiones presenta alguna resistencia. Confluye Borges que este tipo de relatos ha decaído mucho en Estados Unidos, pero en Inglaterra “todavía se escriben novelas muy tranquilas, donde el relato transcurre en una aldea inglesa; allí todo es intelectual, no hay violencia, no hay mayor efusión de sangre” es importante destacar este punto, el relato policial es un “relato tranquilo”.

 

Una segunda línea del género policial, es la que comúnmente llamamos policial negro. Se data su origen en Estados Unidos hacia 1920 y como su mayor exponente a Raymond Chandler. Se suele decir que el policial Clásico, es la escuela inglesa tomando como referente a Conan Doyle con su Sherlock Holmes (que de alguna manera expande el paradigma fundado por Poe) y, que el Policial Negro es la escuela norteamericana.

 

El análisis más habitual sostiene que en el policial negro, las características de una sociedad decadente se introducen en el relato, contaminándolo. A diferencia del policial clásico, donde el crimen es una perturbación en un orden establecido, y aparentemente justo. El relato negro parte de la premisa de que el orden social no es justo, la sociedad esta corrompida y el crimen no tiene nada de extraordinario. La figura del misterio y del enigma lógico a resolver, que es el sustrato fantástico del policial clásico, no está presente. Aquí la acción y la violencia entran en escena con frecuencia, y pondrán en peligro incluso la vida del detective que precisará mucho más que sus capacidades deductivas para resolver el crimen, encontrar al culpable, e incluso sobrevivir. Así, el policial negro contiene mucho más realismo y puede incluir un grado de crítica social, que es lo que fascino a muchos intelectuales en la década del 80.

 

Pero si hay algo que siempre me interesó del policial negro, es cierta manera que algunos de sus mejores exponentes describen y construyen esa degradación social. Algo que está en Chandler y también en Dashiel Hammet. Es algo en la manera de escribir, en la forma de expresar el mundo. Pienso en una forma de impostura, se trata de personajes simulando lo que no son. Rubias que no son rubias, la señora mayor que se comporta como si fuera una pendeja, el político que habla de principios y valores cuando en realidad solo le interesa el poder y el dinero, el policía que en realidad es un delincuente. Todo es falso, y el relato avanza en sus descripciones resaltando la superficie, adjetivando lo que los personajes muestran, nunca lo que son. Cuerpos vacíos, la superficie de una sociedad sin contenido real y allí, en esa degradación, en ese mundo de identidades falsas, y valores impostados, se mueve el detective buscando resolver un crimen que tiene la excepcionalidad de necesitar una resolución en una sociedad donde los crímenes no se resuelven. Se abre la puerta, entra un personaje misterioso que parece más culpable que inocente, que oculta cosas y hechos, solicita los servicios de un detective que no tiene nada de excepcional.

 






En estas cosas pensaba cuando pensé a Rafael Manso, “el Drogador”. Es un personaje que inventé hace mucho, antes incluso de Urbanópolis. Dibuje siete episodios, de los cuales solo dos fueron publicados, perdidos en algún fanzine. Quería construir un personaje como Torpedo (de Abuli y Bernet) un criminal, un villano como protagonista. Un personaje que avanza en la historia buscando su propio beneficio, sin que le importen las consecuencias, ni las vidas con que se cruce. Torpedo se mueve en el mundo del hampa, ocupa el rol de asesino, es un torpedo, un arma destructiva que una vez liberada no se sabe dónde termina ni cuánto daño puede llegar a hacer. La historia tiene elementos de la novela negra, pero también innovaciones propias, algunas relacionadas a la comedia y el humor negro. Me gustó la idea del personaje individualista en el centro, del villano, del tipo malo como protagonista. Pero el mundo que pensé para Drogador es bien distinto. Drogador es un dealer, un transa, un tipo que vende droga. Solo eso ya convoca un universo de delitos y personajes oscuros. El universo implícito del narcotráfico y de aquel sistema de negocios policiales, estatales y judiciales que permiten la circulación de lo ilegal. Un mundo corrompido y mafioso, donde nada es lo que parece y todos juegan un juego propio de intereses, el crimen aparece de la nada, todo el tiempo, en todos lados. El mundo de Drogador es tan corrupto que algunas veces Rafael parece un buen tipo. Y después están las historias de sus clientes. Es que Rafael Manso nunca es protagonista de sus historias, es un testigo de lo que sucede, un testigo privilegiado, sereno, que mira como todo se degrada sin demasiado escándalo, intentando solamente mantenerse a un lado. Se mueve en un mundo de poder y dinero, donde las ambiciones y las miserias personales son moneda corriente. Y a veces, las historias se desbocan y debe intervenir. Lo hace para defender un pasado que necesita mantener oculto a cualquier precio. Entonces exhibe una habilidad innata para el asesinato. Y ese el plus de Drogador, no es un testigo cualquiera, es un gran villano que está de vuelta, te podría matar sin pestañear, pero no quiere, no le interesa, está retirado, ahora vende droga.


 

Esteban Quinteros se sumó a esta resurrección de Drogador, que es, sin embargo, su forma definitiva. Y siento que ha hecho un gran trabajo. Con el correr de las páginas su estilo realista gana expresión y precisión, los personajes actúan su cada escena y me costaría imaginarlos de otro modo. La composición de los cuadros, el ritmo narrativo y los desafíos a los que se enfrentó y resolvió de manera magistral demuestran a un gran artista que tiene mucho para dar. Por algo aquellos episodios terminaron perdidos y Drogador ha encontrado mucho después su dibujante definitivo. Le agradezco a Esteban que se haya sumado a este proyecto. Que haya hecho suya esta historia llena de ambiciones desmedidas, de policías deshonestos y jueces corruptos, donde la corrupción es la fuerza más poderosa, y la justicia una anécdota insignificante.

 

martes, 9 de junio de 2026

Relatos de Terra Prima


 

Un planeta al otro extremo de la galaxia que fue la esperanza de la humanidad. Allí las poblaciones privilegiadas de la tierra emigraron para alejarse de la polución y la contaminación ambiental. Sin embargo, el sueño se destruyó cuando una enfermedad desconocida empezó a atacar a los habitantes y luego unos seres monstruosos llamados Yubbot atacaron a las ciudades. Los relatos que llegaban de Terra Prima eran espeluznantes. El planeta fue abandonado, solo quedan allí prisiones y minas de Torio 29. El comandante Blas Cloma es nombrado para ocupar un cargo importante en el planeta maldito. Una fortuna lo espera en la tierra si consigue volver, si sobrevive a los monstruos y a la oscuridad.

Ricardo De Luca - Horacio Lalia

Portada Carlos Barocelli

domingo, 31 de mayo de 2026

Pantalla del mundo nuevo.

Los últimos acontecimientos mundiales, el gobierno de Trump y sus intervenciones militares y comerciales cada vez más desesperadas y en muchos sentidos contradictorias anuncian un inequívoco proceso de transformación del orden mundial. El gran emergente, no cabe duda, es la República Popular China, que tenemos que recordar está gobernada desde mediados de 1949 por el partido comunista chino. Se escuchan muchas voces que hablan de orden multipolar, voces que en general vienen muy alineadas a los intereses de Pekín. El mismo Xi Jinping no deja de mencionar la expresión del mundo multipolar. Pero hay que ver bien el desarrollo de los acontecimientos para entender que el nuevo orden está muy lejos de lo multipolar, todo parece encaminarse a una total hegemonía económica y comercial de China. Pienso repasar brevemente estas contradictorias intervenciones de la administración Trump y aventurar, siempre provisoriamente, alguna conclusión sobre el desenlace de estos desplazamientos.

 


La guerra comercial, superficie, pantomima y realidad.

 

Ya en el primer mandato de Donald Trump, se empezó a plantear el tema de la guerra comercial. Es que de algún modo la emergencia de Trump en la política norteamericana expresa la gran contradicción del capitalismo actual, la disputa cada vez más cruenta entre el capital industrial y el capital financiero. El capitalismo industrial es el capitalismo expresado como modo de producción y esto implica la transformación del mundo material. Y cuando el capital produce, da trabajo. Siguiendo el razonamiento, cuando da trabajo y ese trabajo está bien remunerado, incluso dando lugar a la apropiación del excedente (la famosa plusvalía de Marx), esos trabajadores oprimidos por el sistema pueden mejorar su calidad de vida, en términos económicos eso es consumir. Se produce así un mercado de consumo que no es otra cosa que el acceso de la población a formas materiales de riqueza y bienestar. El círculo se cierra cuando el capitalismo ahora produce bienes para abastecer a ese mercado de consumo que resulta de la capacidad adquisitiva de los trabajadores. Falta decir aquí, que para todos los economistas del capitalismo y los del comunismo también, la riqueza es un resultado del trabajo. El mismo Adam Smith, en la riqueza de las naciones, no habla de otra cosa que del trabajo. El trabajo entendido como la facultad del hombre para transformar el mundo material y así, producir riqueza. El problema aparece cuando resulta posible producir sin dar trabajo, o más específicamente, producir sin dar trabajo en esa sociedad donde se actúa, es decir, en el mercado donde se participa. Aquí es donde aparece el problema, desde el consenso de Washington, que se establece en 1987 e impone las normas que serán luego el abc del neoliberalismo, el capitalismo ha abandonado su característica industrial. Hay que pensar que el consenso de Washington se articuló sobre dos movimientos, el avance del capital sobre las funciones del estado y la incorporación del bloque económico asiático, con producción comunista, al comercio internacional. En el primer punto, se trata de cómo los capitales concentrados forzaron a los estados a la privatización de los servicios públicos, creando así: mercados monopólicos cautivos. Los servicios públicos no eran mercados, eran y son, mecanismos sociales con los cuales las sociedades garantizan sus condiciones de existencia, lo cual les permite desarrollarse como sociedades y en un plano específico, les permiten a las sociedades desarrollarse como modos de producción. Es decir, son los servicios públicos los que crearon las condiciones de existencia del capitalismo. Existe toda una bibliografía que aborda la relación de los “estados Burgueses” con el desarrollo del capitalismo, pero se ha observado poco que, parte de la formación de ese estado burgués, es la existencia de mecanismo de reproducción social, que no son otra cosa, que un sistema de salud, de educación, y de seguridad. Y ahí es cuando podemos pensar que son los servicios públicos los que garantizan y conforman estos sistemas. Visto así, el avance del capital sobre las funciones del estado, no es otra cosa que el avance del capitalismo sobre las condiciones de su propia existencia. Los grandes capitales comenzaron a controlar mercados monopólicos creados a partir de la comercialización de necesidades básicas para la subsistencia humana, dejaron de producir para vender servicios cada vez más esenciales.

 

Muchos análisis económicos desde los 90 en adelante suelen exhibir del deterioro de la rentabilidad industrial frente a la rentabilidad financiera, las corporaciones industriales, en su evolución hacia el capital financiero, avanzan sobre las funciones del estado, y resultan un mejor negocio que la producción capitalista. Del primer movimiento se desprende, entonces, que a partir del consenso de Washington, el capitalismo dejó de producir.

 

El segundo movimiento puede situarse en 1978, cuando de la mano de Deng Xiaoping, el líder comunista que asume luego de la muerte de Mao Zedong, se produce lo que en el mundo se ha llamado la apertura china al comercio internacional. En realidad, se trató de una nueva estrategia para el desarrollo de la industria china, vinculado al comercio internacional. China no dejó de ser comunista, ni el partido comunista redujo su rol en la administración de sus política social, militar y económica, lo que cambió fue que, a partir de entonces, China se abrió para el comercio internacional, bajo un estricto control estatal. esta apertura en vez de terminar en una china repleta de productos producidos en occidente, resultó en un occidente repleto de productos fabricados en China, pero con marcas occidentales. Durante algún tiempo, occidente vivió en la fantasía de que reteniendo el control del diseño, software y marca tendría bajo control la disputa de poder que podría resultar de la deslocalización. Hoy esa fantasía ha terminado de caer, ya son muchas las marcas chinas con diseño propio que compiten con las marcas occidentales, y China, tiene la ventaja de controlar la producción de ambas. La victoria de las marcas chinas por sobre las marcas occidentales fabricadas también en china (en algunos casos por las mismas fábricas) termina siendo casi un hecho natural.

 

La caída de Estados Unidos como potencia económica ya es un dato de la realidad, resultado de un proceso de desinversión capitalista profundo en busca de una escandalosa rentabilidad financiera y comercial, que las distintas administraciones norteamericanas han venido auspiciando. Esta caída se percibe en la vida cotidiana de los norteamericanos, desempleados, sin fábricas y forzados a inventar cosas nuevas, a innovar, porque toda forma de trabajo tradicional fue desplazada a China. Lo único que prospera en EEUU son los recursos digitales que no producen riqueza, sino que, en el mejor de los casos, captan y administran una parte de la riqueza que se produce en otro lado. Y es esa contradicción, que fractura a la sociedad norteamericana, el caldo de cultivo detrás del trumpismo. 

 

En ese escenario, Trump planteó una guerra comercial contra China. Pero la naturaleza mediática de la figura de Trump, su histrionismo, su particular sentido del humor y la falta absoluta de diplomacia y sensibilidad política, sumada a cierto rechazo a discursos superficiales del progresismo, hizo crecer un debate político escindido de toda realidad económica. Así pudieron comunicarse todas las derechas del mundo, que sin embargo tienen programas económicos y objetivos que hoy son absolutamente opuestos. Esto es clave para pensar las erráticas acciones de EEUU en el campo económico y político internacional, como veremos más adelante.

 

 

La guerra real. Intervencionismos, Clausewitz y Sun Tzu.

 

La guerra tiene sus teóricos, tradiciones de pensamiento que construyen desde la experiencia de los pueblos una doctrina militar, es decir un conjunto de procedimientos, teorías y protocolos para hacer la guerra y principalmente: vencer. Podemos decir que hay dos grandes tradiciones, la tradición occidental colecta la experiencia de todo el mundo europeo, los escritos de Napoleón, de Grecia, y encuentra tal vez en Karl Von Clausewitz su mayor exponente. Por el lado de oriente una larga tradición de pensamiento puede sintetizarse en “El arte de la guerra” de Sun Tzu. 

 

Clausewitz fue un militar prusiano que vivió entre 1780 y 1831, escribió el famoso libro “De la Guerra” de donde se desprende la famosa frase que sostiene que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Toda guerra es en sí, una disputa de poder que se resuelve a través de la confrontación entre dos fuerzas. La guerra es “un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad sobre el adversario”. En su obra, Clausewitz repasa y redefine los conceptos de táctica y estrategia militar y establece un complejo sistema teórico para llevar a cabo la tarea de vencer al enemigo, donde es preciso desarmarlo y reducir sus fuerzas para la confrontación final. En el pensamiento de guerra de Clausewitz, la violencia es el principal factor y se trata de administrar los recursos propios e intervenir los del adversario de modo tal que la correlación de fuerzas sea favorable para la victoria final. Visto así, el pensamiento de Clausewitz es en sí una filosofía de la violencia, el ataque y la fuerza.

 

En la tradición oriental aparecen varios contrapuntos interesantes. Sun Tzu era un militar de la antigua china que vivió entre 544 y 497 a.c. A su figura legendaria se atribuyen muchas historias y principalmente la redacción del texto “El arte de la guerra”. Tal vez el concepto que mejor define al pensamiento de Sun Tzu es que el arte de la guerra consiste en ganar sin necesidad de pelear. Se trata de imponer la voluntad sobre el otro sin la necesidad del combate. Lo cual no significa que en el pensamiento de Tzu no se analice el ejercicio de la violencia organizada que implica la guerra. La acción, el territorio, el liderazgo, la unidad de mando, la disciplina, y la fuerza son fundamentales en la ejecución de la violencia, pero también se incluye en el pensamiento la necesidad del “engaño”. Dice Tzu “Una operación militar implica engaño. Aunque seas competente, aparenta ser incompetente. Aunque seas efectivo, muéstrate ineficaz.”.


En Clausewitz está el concepto de la “sorpresa”, que es acción inesperada por el enemigo, que lo encuentra desprevenido, indefenso y genera, por tanto, mayor daño. Pero esta sorpresa en Clausewitz implica un razonamiento extraordinario, un pensamiento de otro orden, una acción inesperada que puede ser sorpresiva incluso para quien la ejecuta. En la visión de la Guerra de Clausewitz hay un margen de azar, la “la niebla de la guerra”. En la tradición oriental, en cambio, vemos que la sorpresa resulta de una construcción de engaño, de producir un escenario. La sorpresa es resultado de lo que se le hecho creer al enemigo.

No voy a detenerme demasiado en la comparación de estas dos corrientes de pensamiento militar, lo que me interesa es pensar como la tradición oriental, al concebir la guerra con una filosofía más amplia ha permitido desarrollar otras estrategias de combate que han dado lugar a lo que hoy llama “guerra de guerrillas” es decir, una táctica militar que evita grandes confrontaciones en beneficio de ataques cortos y limitados que deterioren la capacidad operativa del enemigo. Esto puede obedecer a una correlación de fuerzas desfavorable como también a una filosofía de economía de fuerzas. Este tipo de estrategia es la que llevó a cabo Ho Chi Minh en Vietnam, donde las fuerzas comunistas vencieron a EEUU.

 

Creo que pensar estas dos maneras de enfrentar el conflicto pueden darnos alguna idea sobre cómo se está desarrollando la actual guerra comercial entre EEUU y China. EEUU ha buscado golpes directos sobre recursos que supuestamente afectaba a China, el petróleo venezolano, el petróleo en Irán, al mismo tiempo que limitaba el acceso al mercado norteamericano de la producción China.  Mientras que China parece no haber sentido los golpes norteamericanos, (tal vez la administración Trump ha sido víctima del engaño y ha malgastado recursos y fuerza en ataques sin resultados), y solapadamente ha fortalecido de manera indirecta vínculos comerciales con un sin fin de mercados menores pero que al final del día termina terminan limitando el accionar económico de EEUU.

 

 

El caso de Milei, el avance chino sobre América latina.

 

Lamentablemente el caso argentino es increíblemente ilustrativo, la total subordinación política a la administración norteamericana le ha brindado al gobierno de Milei recursos financieros impensados para cualquier gobierno argentino. Desde un apoyo declarativo que impacta en las expectativas de los mercados financieros hasta intervenciones directas en el mercado de cambios local que influyeron en una elección legislativa. Pero en la práctica económica real, el gobierno de Milei ha aumentado como nunca en la historia el intercambio comercial de Argentina con China. A tal punto que por primera vez en la historia la balanza comercial con China dio negativa. Es decir, todo lo que le vendemos a China, en soja, litio, carne y productos agrícolas está completamente empatado y superado por importaciones de todo tipo, donde como fenómeno nuevo podemos encontrar automotores. Automotrices norteamericanas instaladas en el país reducen su producción mientras llegan autos de China. Es decir, en el gobierno de Milei, con auspicio de EEUU, estamos cambiando autos norteamericanos por autos chinos. Y analizando en detalle los mecanismos comerciales detrás de muchas importaciones chinas podemos encontrar como novedad, que muchas empresas importadoras son empresas chinas instaladas en el país al efecto de llevar a cabo esas operaciones de importación. Es decir, van desapareciendo intermediarios locales. No hay que ser muy inteligente para imaginar una política estatal decidida en Pekín para instalar empresas buscando agilizar el intercambio comercial con el fin de empatar la balanza comercial, algo que puede haberse convertido en prioridad ante los aranceles de Trump. Es lo que sucede con muchas empresas importadoras de textiles, de electrodomésticos y tenemos un ejemplo ilustrativo en la marca de autos “ByD”. Según una nota de La Nación, se menciona que “BYD, líder mundial en vehículos electrificados. A diferencia de la mayoría de sus competidores, la marca desembarcó en la Argentina con estructura propia, sin intermediación de un importador local. De este modo, gestiona directamente su operación comercial, su red y el posicionamiento de marca en el mercado argentino.” En la nota, además, se pueden ver los enormes vínculos del grupo Macri (líder de la derecha argentina, pro norteamericana y aliado circunstancial del gobierno de Milei) con las automotrices chinas.

 

Tal vez parte de la gran derrota norteamericana en la guerra comercial con china viene de no entender que las derechas neoliberales por su vinculación con el capital financiero que se asocia a un libre mercado que hoy solo puede ser explotado por la producción comunista son la mayor herramienta de la guerrilla comercial china. Es que en la actualidad EEUU no posee la producción necesaria para dominar los mercados mundiales (de hecho, no posee ninguna producción) de ahí se desprende que la única manera de contener el avance industrial de china es cerrando los mercados a sus producciones, pero para eso debe sostener modelos de desarrollo que no encajan con las ideologías ni las prácticas de las derechas neoliberales. En el caso de Latinoamérica la sumisión ideológica de las derechas, las han llevado a crear economías feudales que buscan siempre un beneficiario extranjero, al no estar disponible EEUU, queda China. Los aliados de Trump son los principales jugadores para la expansión china.

 

EE UU, China y los vasallos.

 

La caída de EEUU es también la caída del capitalismo tal como lo conocemos hoy, que como ya vimos está muy lejos del capitalismo industrial que supero a la sociedad feudal, mejoro las comdiciones de vida de occidente y venció, luego, a la unión soviética. El orden que viene resultando, donde occidente se convierte en un mero mediador financiero y comercial, en el mejor de los casos, de la producción material comunista configura un capitalismo inviable. ¿De qué van a vivir todos los habitantes de occidente si no hay a quien vender su fuerza de trabajo, porque todo el trabajo está únicamente en china? ¿Alcanza una economía de servicios e intermediación financiera con china para dar trabajo a todos los habitantes de occidente? no hay que hacer muchas cuentas para saber que no. ¿Será el nuevo orden un mundo donde EEUU sea apenas un terrateniente chino, resolviendo de (alguna manera impensada hoy el desempleo de su población) y todos los demás países, vasallos pobres de un nuevo orden gobernado desde china? Todas estas preguntas, aunque exageradas, exhiben el conflicto real del nuevo orden que se está definiendo.

domingo, 25 de enero de 2026

El empresario PyME y el debate sobre la burguesía nacional.

Hay un viejo debate en el campo popular respecto al rol que debe ocupar la burguesía nacional en las economías latinoamericanas. Este debate, que podríamos ubicar en las décadas de 60/70 está íntimamente ligado a la aplicación de las teorías marxistas en América latina pero particularmente el aspecto evolucionista del marxismo. Aquel sostenía que el motor de la historia era la lucha de clases y el resultado cada lucha en cada momento histórico daría lugar al próximo estadio. Así luego del feudalismo vendría el capitalismo, luego el socialismo y finalmente el comunismo. A la izquierda Latinoamericana le ha costado encontrar al capitalista que dispute la lucha de clases con el señor feudal. Mientras el capitalismo se desarrollaba en todo el mundo, en América latina padecíamos algo así como un régimen feudal semi capitalista.


Es ilustrativa una frase de las corrientes intelectuales anticolonialistas latinoamericanas, donde podemos encontrar a José Luis Arguedas (1911-1969), José Carlos Mariátegui (1894-1930) que sostenía que “las burguesías latinoamericanas llegaron tarde al escenario de la historia”. Se planteó entonces cierto lugar común sobre la incapacidad de las burguesías latinoamericanas para desarrollar el capitalismo necesario para dar el próximo paso evolutivo hacia el socialismo. Se plantea así una gran cuestión del pensamiento de izquierda Latinoamericana, el de adaptar una teoría de desarrollo económico a un territorio donde no se encuentran los mismos actores.

Pero más allá de la postura de la izquierda, otros pensadores del desarrollo económico han identificado el mismo problema. Fue Aldo Ferrer quien se ha planteado muchas veces como juega el empresario argentino en el desarrollo del capitalismo. Ya sin pensar en el evolucionismo marxista, ni la lucha de clases ni mucho menos en un camino Latinoamericano hacia el comunismo, Ferrer simplemente se pregunta porque la burguesía local lejos de llevar hacia un desarrollo capitalista se convirtió en un gran defensor de intereses económicos extranjeros, condenando al país a un modelo económico de atraso y dependencia. Ferrer habló entonces del concepto de densidad nacional. Que refiere a un estado de desarrollo de la actividad y los actores de la economía donde el conjunto de relaciones e intereses lleva a que los sectores económicos más poderosos defiendan los intereses del país. Podríamos decir que la densidad nacional implica el desarrollo pleno de un capitalismo nacional. Y en este punto es donde la interferencia del comercio internacional apuntala el desarrollo de un sector económico de naturaleza anticapitalista, que es el sector agropecuario. Este vínculo internacional, voy a decir, dotó de recursos extraordinarios al sector agroexportador consolidando su victoria sobre la burguesía nacional e instalando al mismo tiempo, por su naturaleza colonial, una tradición de pensamiento antinacional en el sector de poder concentrado. Pero este anti nacionalismo, hay que repetirlo, es también anticapitalista. Si pensamos en los grandes patrones de estancia, los grandes terratenientes, sus medios y relaciones de producción no encontramos capitalismo sino más bien formas feudales. En Estados Unidos por ejemplo el sector agroexportador vinculado al mercado mundial mantenía un régimen de esclavitud. De hecho, la guerra de secesión en estados unidos fue la lucha entre el sur esclavista que vendía algodón a la Inglaterra capitalista frente al norte capitalista que desarrollaría luego el mercado interno y la Industria norteamericana. Parafraseando al pensamiento anticolonial, podemos decir que no es que la burguesía latinoamericana llego tarde al escenario de la historia: es que fue derrotada.


El empresario PyME.


Acá aparece una figura que de algún modo sintetiza estás contradicciones que intento plantear. El concepto del empresario pyme se ubica en un terreno de disputa entre la izquierda y la derecha argentina. El concepto Pyme nace hacia principios de la década del 90 para referir al pequeño empresario. La sigla pyme significa Pequeña y Mediana empresa. La catástrofe económica de los 90, la destrucción industrial y las nuevas formas de producción industrial, que podemos vincular a toyotismo, es decir, la segmentación de la producción en pequeñas unidades productivas que realizan una parte del producto que luego se juntan en una unidad mayor de ensamblado, llevo a la aparición de pequeñas empresas que ocupan el lugar de las grandes fábricas industriales. Las grandes fábricas automotrices hoy son una gran red de autopartistas que se ensamblan en una terminal. Esa nueva naturaleza de la producción industrial es lo que está detrás de la realidad de la pequeña empresa. Pero esta trasformación en la argentina tuvo la forma de supervivencia. Es que la destrucción industrial de los 90 fue la aniquilación de lo poco que había de capitalismo nacional y los empresarios fundidos resurgieron luego en la forma de empresarios Pyme. Es decir, el empresario pyme representa al capitalista argentino. Su naturaleza económica lo ubica automáticamente en un campo de disputa para la derecha y la izquierda. Y veremos como por distintas razones ideológicas y económicas, tanto la izquierda como la derecha coinciden en bloquear el desarrollo del empresario pyme.


La invención del empresario pobre.


La ley 24.467 de 1995 crea la figura de Pequeña y mediana empresa, desde entonces delimitada por la cantidad de empleados y el total de facturación anual. A partir de ahí, y en distintos gobiernos y momentos, se intentó crear una serie de beneficios que vendrían a contribuir para resolver las distintas problemáticas que enfrentan la pyme. En general resumidas a la falta de financiamiento y la desproporción de la carga tributaria que enfrentan. Se suele decir que el esquema tributario argentino, creado a la medida de grandes multinacionales extrajeras, hacen que estas últimas paguen pocos impuestos en relación a su rentabilidad, pero estos mismos impuestos son desproporcionados para una pequeña empresa. Es decir, un empresario que inicia cualquier actividad paga los mismos impuestos que la General Motors. Lo curioso es que esto no sea visto como una problemática para el desarrollo del capitalismo argentino sino como como un “tema de las pymes”, con lo cual, en el mejor de los casos, es preciso crear un marco normativo diferencial para este sector. Un informe del Senado titulado “La importancia de las Pymes en argentina” firmado por Marcelino Abdala observa, según datos del Banco Mundial, el impacto de la tasa impositiva (la carga tributaria en relación a la utilidad) sobre las empresas. En argentina hacia 2019, la tasa llegaba a un 106,3% mientras en el mundo donde “gobiernos diseñan programas impositivos para que las empresas de sus países sean cada vez más competitivas.” (2024), llegaba a un 40,4% del mismo modo los impuestos que paga el trabajo (contribuciones laborales) se ubican en un 29,9% mientras en el mundo llegan a un promedio de 16,3%. Adbala observa además que “Las normativas complejas, regulaciones impredecibles, impactan más negativamente en las empresas pymes, generando dificultades en su crecimiento. En argentina hay 148 impuestos, pero 10 representan el 90%.” (2024:8). Asimismo, las políticas diseñadas en favor de las pymes dificultan aun mas la actividad económica en sí. Obligan a las empresas a destinar gran cantidad de recursos para ponerse a derecho y en el mejor de los casos obtener los beneficios de los distintos programas de asistencia pyme. Un estudio observado por Abdala mide la cantidad de horas/año que debe emplear una empresa para cumplir las exigencias burocráticas de cada país. El país de la región que mejor se ubica es Brasil, donde el índice arroja un promedio de 180 horas/año, el peor es Venezuela con 1.062 horas y argentina se ubica anteúltimo con 900 horas. 

La izquierda, cierto sector del peronismo, el kirchnerismo y el progresismo identifica en el empresario pyme una suerte de “capitalista pobre” al que se puede ayudar sin culpa. Basta rastrear enunciados de intelectuales y políticos progresista o de izquierda para encontrar frases como “hay que ayudar a las pymes” o “la problemática de las pymes” incluso muchas veces se observa que el 70% del empleo lo generan las pymes sin sacar de esto mayores conclusiones ni análisis. Enfrascada en una alienada interpretación de la lucha de clases, la izquierda parece considerar que el desarrollo del empresario pyme no implica un desarrollo del capitalismo. Y esto distorsiona el carácter de las intervenciones en favor de las pymes ya que se les niega la vocación de acumulación capitalista. En el mismo análisis de Abdala se habla de la capacidad de generación de empleo, de competitividad, incluso se observan caracterizas personales de los empresarios pymes, por ejemplo “edad avanzada de los empresarios argentinos”, pero no se habla de la rentabilidad necesaria para el sostenimiento efectivo de la empresa y más aún, sobre la rentabilidad necesaria para el crecimiento e inversión a futuro. El empresario pyme desde una mirada de izquierda esta condenado a ser apenas una herramienta de producción de empleo, sin capacidad de crecimiento y condenada a un final abrupto en tanto concluya la “política de asistencia”.    



La derecha argentina y el enemigo capitalista.


Al otro extremo, la derecha argentina coincide en negarle al empresario pyme su naturaleza capitalista. Y llega a un punto de contradicción tan alto que se convierte en la única derecha del mundo, pretendidamente pro - mercado y capitalista que se dedica a… ¡destruir capitalistas! Esto queda muy claro en unas intervenciones virtuales del inefable ministro de desregulación y transformación del estado, Federico Sturzenegger, quien conviene recordar, es un funcionario permanente del estado argentino, que ha cumplido funciones en tres gobiernos. No le tenemos que creer cuando dice que trae novedades ya que es uno de los principales arquitectos del régimen económico argentino. Hace no mucho, en junio de 2025. Sturzenegger, desde su cuenta de X, celebro la desregulación de importación de termos, una desregulación que tiene un principal beneficiario, la industria super- regulada (por el partido comunista) china y un especial perjudicado, el capitalista argentino que produce termos. El principal perjudicado además tenia nombre y apellido (argentino por supuesto) la empresa Lumilagro. En su larga intervención el funcionario argentino decía que la regulación que grababa la importación de termos con un arancel del 35% (recordemos que la tasa impositiva de una empresa industrial argentina supera 106%) imponía un precio mínimo de venta 15 dólares por cada termo, cuando la industria china (y comunista), a la que, por supuesto no nombraba, los podía ofrecer a 11,5 dólares. La conclusión de Sturzenegger era que, a pesar de este beneficio, durante los 23 años de protección, la empresa Lumilagro no había crecido, ya que en 2011 cuando empezó la regulación, tenia 284 empleados y ahora, en 2025 contaba con 129 empleados. Se olvido mencionar, por supuesto, que dentro de los 23 años de protección estuvo el gobierno de Mauricio Macri, con una profunda crisis económica que destruyo empleo, consumo y el bienestar de muchos argentinos, donde el, además, también fue funcionario (¿Cuándo no?). 


Pero lo importante acá es observar como desde la derecha se instala la idea de la inutilidad argentina, esa imagen del empresario por definición incompetente, inútil, incapaz de producir bienes baratos y competitivos, que siempre se asocia a la figura del pequeño empresario, “el empresario pobre” para negar su naturaleza capitalista. Esta operación es la que permite a los economistas de la derecha argentina ejercer un anticapitalismo encubierto. 

Pero el razonamiento de Sturzenegger empeora y, ahora especializado en el consumo de termos, dice que “la empresa (Lumilagro) no logró adaptarse plenamente al cambio en el patrón de consumo, donde los termos de vidrio perdieron terreno por su fragilidad". El rechazo al proteccionismo presenta un dudoso argumento racional, ya que el proteccionismo incentivaría “al empresario a sostener la ineficiencia”, puesto que aseguraría un mercado donde no hay competencia. La verdadera pregunta ante este argumento falaz, es ¿por qué no hay otros empresarios argentinos capitalistas con quienes competir? ¿Por qué la competencia no puede ser interna, entre argentinos? ¿Por qué la balanza se tiene que abrir a favor de un extranjero? ¿Qué pasa con las características del capitalismo argentino, donde Sturzenegger tiene mucho que ver ya que fue funcionario en los principales gobiernos que han diseñado nuestro régimen tributario, no puede generar competencia propia? Pero además hay otro argumento, igual de dudoso, pero con cierto tinte ético.  Dice el funcionario chino, digo Sturzenegger “¿Quién tiene la autoridad moral para pedirle a una familia que ponga dinero de su bolsillo, que necesita para los alimentos o salud de sus hijos, para defender a una empresa puntualmente?” Curiosamente para Sturzenegger y los funcionarios de la derecha argentina, en algunos rubros específicos, donde casualmente se concentra el capital extranjero (la energía, la salud y la comida) hay que pagar siempre “lo que vale” (acá si hay costos que comprender y satisfacer, acá si entendemos las penurias del empresario capitalista) en cambio, en el caso de los termos que producen los capitalistas argentinos hay que pagarlos lo que el estado comunista chino dice que valen. Y la diferencia, solo en este último caso, es ahorro para “las familias”. Para la derecha argentina, la autoridad moral, así como todo negocio, es extranjero. Y estos negocios coloniales que garantiza la derecha argentina, hay que repetirlo, nunca son capitalistas.