domingo, 25 de enero de 2026

El empresario PyME y el debate sobre la burguesía nacional.

Hay un viejo debate en el campo popular respecto al rol que debe ocupar la burguesía nacional en las economías latinoamericanas. Este debate, que podríamos ubicar en las décadas de 60/70 está íntimamente ligado a la aplicación de las teorías marxistas en América latina pero particularmente el aspecto evolucionista del marxismo. Aquel sostenía que el motor de la historia era la lucha de clases y el resultado cada lucha en cada momento histórico daría lugar al próximo estadio. Así luego del feudalismo vendría el capitalismo, luego el socialismo y finalmente el comunismo. A la izquierda Latinoamericana le ha costado encontrar al capitalista que dispute la lucha de clases con el señor feudal. Mientras el capitalismo se desarrollaba en todo el mundo, en América latina padecíamos algo así como un régimen feudal semi capitalista.


Es ilustrativa una frase de las corrientes intelectuales anticolonialistas latinoamericanas, donde podemos encontrar a José Luis Arguedas (1911-1969), José Carlos Mariátegui (1894-1930) que sostenía que “las burguesías latinoamericanas llegaron tarde al escenario de la historia”. Se planteó entonces cierto lugar común sobre la incapacidad de las burguesías latinoamericanas para desarrollar el capitalismo necesario para dar el próximo paso evolutivo hacia el socialismo. Se plantea así una gran cuestión del pensamiento de izquierda Latinoamericana, el de adaptar una teoría de desarrollo económico a un territorio donde no se encuentran los mismos actores.

Pero más allá de la postura de la izquierda, otros pensadores del desarrollo económico han identificado el mismo problema. Fue Aldo Ferrer quien se ha planteado muchas veces como juega el empresario argentino en el desarrollo del capitalismo. Ya sin pensar en el evolucionismo marxista, ni la lucha de clases ni mucho menos en un camino Latinoamericano hacia el comunismo, Ferrer simplemente se pregunta porque la burguesía local lejos de llevar hacia un desarrollo capitalista se convirtió en un gran defensor de intereses económicos extranjeros, condenando al país a un modelo económico de atraso y dependencia. Ferrer habló entonces del concepto de densidad nacional. Que refiere a un estado de desarrollo de la actividad y los actores de la economía donde el conjunto de relaciones e intereses lleva a que los sectores económicos más poderosos defiendan los intereses del país. Podríamos decir que la densidad nacional implica el desarrollo pleno de un capitalismo nacional. Y en este punto es donde la interferencia del comercio internacional apuntala el desarrollo de un sector económico de naturaleza anticapitalista, que es el sector agropecuario. Este vínculo internacional, voy a decir, dotó de recursos extraordinarios al sector agroexportador consolidando su victoria sobre la burguesía nacional e instalando al mismo tiempo, por su naturaleza colonial, una tradición de pensamiento antinacional en el sector de poder concentrado. Pero este anti nacionalismo, hay que repetirlo, es también anticapitalista. Si pensamos en los grandes patrones de estancia, los grandes terratenientes, sus medios y relaciones de producción no encontramos capitalismo sino más bien formas feudales. En Estados Unidos por ejemplo el sector agroexportador vinculado al mercado mundial mantenía un régimen de esclavitud. De hecho, la guerra de secesión en estados unidos fue la lucha entre el sur esclavista que vendía algodón a la Inglaterra capitalista frente al norte capitalista que desarrollaría luego el mercado interno y la Industria norteamericana. Parafraseando al pensamiento anticolonial, podemos decir que no es que la burguesía latinoamericana llego tarde al escenario de la historia: es que fue derrotada.


El empresario PyME.


Acá aparece una figura que de algún modo sintetiza estás contradicciones que intento plantear. El concepto del empresario pyme se ubica en un terreno de disputa entre la izquierda y la derecha argentina. El concepto Pyme nace hacia principios de la década del 90 para referir al pequeño empresario. La sigla pyme significa Pequeña y Mediana empresa. La catástrofe económica de los 90, la destrucción industrial y las nuevas formas de producción industrial, que podemos vincular a toyotismo, es decir, la segmentación de la producción en pequeñas unidades productivas que realizan una parte del producto que luego se juntan en una unidad mayor de ensamblado, llevo a la aparición de pequeñas empresas que ocupan el lugar de las grandes fábricas industriales. Las grandes fábricas automotrices hoy son una gran red de autopartistas que se ensamblan en una terminal. Esa nueva naturaleza de la producción industrial es lo que está detrás de la realidad de la pequeña empresa. Pero esta trasformación en la argentina tuvo la forma de supervivencia. Es que la destrucción industrial de los 90 fue la aniquilación de lo poco que había de capitalismo nacional y los empresarios fundidos resurgieron luego en la forma de empresarios Pyme. Es decir, el empresario pyme representa al capitalista argentino. Su naturaleza económica lo ubica automáticamente en un campo de disputa para la derecha y la izquierda. Y veremos como por distintas razones ideológicas y económicas, tanto la izquierda como la derecha coinciden en bloquear el desarrollo del empresario pyme.


La invención del empresario pobre.


La ley 24.467 de 1995 crea la figura de Pequeña y mediana empresa, desde entonces delimitada por la cantidad de empleados y el total de facturación anual. A partir de ahí, y en distintos gobiernos y momentos, se intentó crear una serie de beneficios que vendrían a contribuir para resolver las distintas problemáticas que enfrentan la pyme. En general resumidas a la falta de financiamiento y la desproporción de la carga tributaria que enfrentan. Se suele decir que el esquema tributario argentino, creado a la medida de grandes multinacionales extrajeras, hacen que estas últimas paguen pocos impuestos en relación a su rentabilidad, pero estos mismos impuestos son desproporcionados para una pequeña empresa. Es decir, un empresario que inicia cualquier actividad paga los mismos impuestos que la General Motors. Lo curioso es que esto no sea visto como una problemática para el desarrollo del capitalismo argentino sino como como un “tema de las pymes”, con lo cual, en el mejor de los casos, es preciso crear un marco normativo diferencial para este sector. Un informe del Senado titulado “La importancia de las Pymes en argentina” firmado por Marcelino Abdala observa, según datos del Banco Mundial, el impacto de la tasa impositiva (la carga tributaria en relación a la utilidad) sobre las empresas. En argentina hacia 2019, la tasa llegaba a un 106,3% mientras en el mundo donde “gobiernos diseñan programas impositivos para que las empresas de sus países sean cada vez más competitivas.” (2024), llegaba a un 40,4% del mismo modo los impuestos que paga el trabajo (contribuciones laborales) se ubican en un 29,9% mientras en el mundo llegan a un promedio de 16,3%. Adbala observa además que “Las normativas complejas, regulaciones impredecibles, impactan más negativamente en las empresas pymes, generando dificultades en su crecimiento. En argentina hay 148 impuestos, pero 10 representan el 90%.” (2024:8). Asimismo, las políticas diseñadas en favor de las pymes dificultan aun mas la actividad económica en sí. Obligan a las empresas a destinar gran cantidad de recursos para ponerse a derecho y en el mejor de los casos obtener los beneficios de los distintos programas de asistencia pyme. Un estudio observado por Abdala mide la cantidad de horas/año que debe emplear una empresa para cumplir las exigencias burocráticas de cada país. El país de la región que mejor se ubica es Brasil, donde el índice arroja un promedio de 180 horas/año, el peor es Venezuela con 1.062 horas y argentina se ubica anteúltimo con 900 horas. 

La izquierda, cierto sector del peronismo, el kirchnerismo y el progresismo identifica en el empresario pyme una suerte de “capitalista pobre” al que se puede ayudar sin culpa. Basta rastrear enunciados de intelectuales y políticos progresista o de izquierda para encontrar frases como “hay que ayudar a las pymes” o “la problemática de las pymes” incluso muchas veces se observa que el 70% del empleo lo generan las pymes sin sacar de esto mayores conclusiones ni análisis. Enfrascada en una alienada interpretación de la lucha de clases, la izquierda parece considerar que el desarrollo del empresario pyme no implica un desarrollo del capitalismo. Y esto distorsiona el carácter de las intervenciones en favor de las pymes ya que se les niega la vocación de acumulación capitalista. En el mismo análisis de Abdala se habla de la capacidad de generación de empleo, de competitividad, incluso se observan caracterizas personales de los empresarios pymes, por ejemplo “edad avanzada de los empresarios argentinos”, pero no se habla de la rentabilidad necesaria para el sostenimiento efectivo de la empresa y más aún, sobre la rentabilidad necesaria para el crecimiento e inversión a futuro. El empresario pyme desde una mirada de izquierda esta condenado a ser apenas una herramienta de producción de empleo, sin capacidad de crecimiento y condenada a un final abrupto en tanto concluya la “política de asistencia”.    



La derecha argentina y el enemigo capitalista.


Al otro extremo, la derecha argentina coincide en negarle al empresario pyme su naturaleza capitalista. Y llega a un punto de contradicción tan alto que se convierte en la única derecha del mundo, pretendidamente pro - mercado y capitalista que se dedica a… ¡destruir capitalistas! Esto queda muy claro en unas intervenciones virtuales del inefable ministro de desregulación y transformación del estado, Federico Sturzenegger, quien conviene recordar, es un funcionario permanente del estado argentino, que ha cumplido funciones en tres gobiernos. No le tenemos que creer cuando dice que trae novedades ya que es uno de los principales arquitectos del régimen económico argentino. Hace no mucho, en junio de 2025. Sturzenegger, desde su cuenta de X, celebro la desregulación de importación de termos, una desregulación que tiene un principal beneficiario, la industria super- regulada (por el partido comunista) china y un especial perjudicado, el capitalista argentino que produce termos. El principal perjudicado además tenia nombre y apellido (argentino por supuesto) la empresa Lumilagro. En su larga intervención el funcionario argentino decía que la regulación que grababa la importación de termos con un arancel del 35% (recordemos que la tasa impositiva de una empresa industrial argentina supera 106%) imponía un precio mínimo de venta 15 dólares por cada termo, cuando la industria china (y comunista), a la que, por supuesto no nombraba, los podía ofrecer a 11,5 dólares. La conclusión de Sturzenegger era que, a pesar de este beneficio, durante los 23 años de protección, la empresa Lumilagro no había crecido, ya que en 2011 cuando empezó la regulación, tenia 284 empleados y ahora, en 2025 contaba con 129 empleados. Se olvido mencionar, por supuesto, que dentro de los 23 años de protección estuvo el gobierno de Mauricio Macri, con una profunda crisis económica que destruyo empleo, consumo y el bienestar de muchos argentinos, donde el, además, también fue funcionario (¿Cuándo no?). 


Pero lo importante acá es observar como desde la derecha se instala la idea de la inutilidad argentina, esa imagen del empresario por definición incompetente, inútil, incapaz de producir bienes baratos y competitivos, que siempre se asocia a la figura del pequeño empresario, “el empresario pobre” para negar su naturaleza capitalista. Esta operación es la que permite a los economistas de la derecha argentina ejercer un anticapitalismo encubierto. 

Pero el razonamiento de Sturzenegger empeora y, ahora especializado en el consumo de termos, dice que “la empresa (Lumilagro) no logró adaptarse plenamente al cambio en el patrón de consumo, donde los termos de vidrio perdieron terreno por su fragilidad". El rechazo al proteccionismo presenta un dudoso argumento racional, ya que el proteccionismo incentivaría “al empresario a sostener la ineficiencia”, puesto que aseguraría un mercado donde no hay competencia. La verdadera pregunta ante este argumento falaz, es ¿por qué no hay otros empresarios argentinos capitalistas con quienes competir? ¿Por qué la competencia no puede ser interna, entre argentinos? ¿Por qué la balanza se tiene que abrir a favor de un extranjero? ¿Qué pasa con las características del capitalismo argentino, donde Sturzenegger tiene mucho que ver ya que fue funcionario en los principales gobiernos que han diseñado nuestro régimen tributario, no puede generar competencia propia? Pero además hay otro argumento, igual de dudoso, pero con cierto tinte ético.  Dice el funcionario chino, digo Sturzenegger “¿Quién tiene la autoridad moral para pedirle a una familia que ponga dinero de su bolsillo, que necesita para los alimentos o salud de sus hijos, para defender a una empresa puntualmente?” Curiosamente para Sturzenegger y los funcionarios de la derecha argentina, en algunos rubros específicos, donde casualmente se concentra el capital extranjero (la energía, la salud y la comida) hay que pagar siempre “lo que vale” (acá si hay costos que comprender y satisfacer, acá si entendemos las penurias del empresario capitalista) en cambio, en el caso de los termos que producen los capitalistas argentinos hay que pagarlos lo que el estado comunista chino dice que valen. Y la diferencia, solo en este último caso, es ahorro para “las familias”. Para la derecha argentina, la autoridad moral, así como todo negocio, es extranjero. Y estos negocios coloniales que garantiza la derecha argentina, hay que repetirlo, nunca son capitalistas.