domingo, 2 de agosto de 2026

Las trampas del debate. Un país de escritorio.

 


Un lugar común de los economistas del campo popular cuando se les pregunta sobre el actual rumbo económico es cierta apelación a la reflexión social que puede sintetizarse en la pregunta de “qué país queremos”. Con ese ardid los economistas se introducen en el tema sobre los modelos económicos y sus consecuencias. Entonces aparece la figura del “modelo” y finalmente se llega al dilema de tener que elegir “un modelo de país”. Está formulación está presente también en muchos políticos del campo popular, de hecho, fue la misma Cristina Kirchner que varias veces ha recurrido a la figura de la elección entre modelos para caracterizar una elección de gobierno. Pero es realmente correcto hablar de elecciones o decisiones sobre modelos económicos, es realmente eso lo que está en juego o resulta ser una trampa del debate cuyo resultado es neutralizar toda posible transformación.

 

Un laboratorio de países.

 

El tema de reducir el debate político a una elección entre modelos es que enmascara el universo de transformaciones que implica todo proceso político. Y peor aún, para el campo popular, oculta la verdadera historia económica del país, donde el liberalismo ha reinado con escasas y breves interrupciones. Se terminan dando graves concesiones a la derecha, como sostener que el ISI (Industrialización por Sustitución de Importaciones) haya sido un modelo de desarrollo de comparable aplicación con las políticas liberales, cuando apenas fue el resultado de la interrupción del comercio internacional debido a las dos guerras mundiales, fue una política económica sin una articulación completa hacia una política industrial. Terminamos aceptando la mentira de que Argentina fue alguna vez proteccionista o intentó un modelo alternativo al liberalismo económico, cuando en rigor nunca fue así.

 

Se niega la realidad del país que ya somos, con el desarrollo que ya tenemos y los desequilibrios por resolver, para entrar a un debate de laboratorio sobre una supuesta inserción en el mundo, donde uno podría sin ningún tipo de limitaciones elegir su lugar, como si alcanzara con decir para donde ir para que las realidades económicas se desenvuelvan. Al otro extremo, se plantean tantas limitaciones imaginarias que solo queda un lugar posible, el de exportadores de materias primas e importadores de todo, y para eso resulta necesario destruir el desarrollo que ya tenemos.

 

La pregunta real no es qué país queremos, sino que país necesitamos y qué país tenemos, para poder pensar un plan que aproxime el país que tenemos con el que necesitamos. Todo se construye desde lo que ya hay, por eso es prioridad conocer el detalle del actual desarrollo y sus desequilibrios. Aquí es donde empiezan los problemas.

 

Los economistas de derecha menosprecian con un odio tan abiertamente antiargentino todo lo que existe en nuestra patria y solo aceptan una inserción en el mundo como siervos del poder internacional de turno, ya sea Inglaterra, Estados Unidos o China. Por otro lado, los economistas del campo popular parecen coincidir en muchos aspectos de esa inserción, pero con cierta culpa por lo que genera en el país, entonces la solución se presenta como un “estado presente” que venga a compensar un poco del desastre de desigualdad y pobreza. Y aquí empieza a notarse una falta de conocimiento del nivel de desarrollo nacional y su potencial. Como diría Jauretche, a los primeros les falta patria para pensar desde el país al mundo y a los segundos les falta patria para conocer a fondo el país que somos. En ambos casos terminan jugando al juego de desequilibrios, tan conveniente para el capital extranjero y que tan dañino es para el desarrollo.

 

Ningún país sale de un escritorio, es el resultado de disputas y luchas, pero requiere una conducción con un profundo conocimiento de las capacidades, debilidades y desarrollos. Para poder mejorar lo que ya hay y sumar lo que falta.

 

 

Conocer el territorio.

 

Una de las grandes diferencias entre los planes de la derecha y la izquierda (aunque como se habrá notado, prefiero hablar de Campo popular), es que la derecha suele operar con un conocimiento más específico del territorio. Y en realidad no debería sorprendernos pues fueron ellos, quienes han digitado la estructura del país, desde el reparto de tierras a la ingeniería fiscal (qué impuestos pagamos, como se reparten y quienes los cobran) y todo el entramado jurídico. El país es desde sus inicios un proyecto liberal, por eso es un grave error aceptar pasivamente la trampa del debate de modelo. Para el campo popular no se trata de elegir qué modelo, sino de transformar, de cambiar el modelo de país que se diseñó desde 1810 y que encuentra en un gran número de políticos y funcionarios permanentes, liberales primero, y neoliberales después y libertarios ahora, el elenco estable del poder. Pero los liberales, y libertarios, construyen un discurso, una mentira, donde siempre son la excepción y vienen a reformar permanentemente el país que ellos mismos formaron. Como ejemplo de esto me alcanza con recordar apenas los 4 programas liberales recientes  que sucedieron casi uno a continuación del otro, la revolución libertadora (1955), el proceso de reorganización nacional (1976) , la reforma del estado de Menem y Cavallo (1990), y ahora “las ideas de la libertad” son todos exactamente el mismo programa liberal, neoliberal, hoy libertario que viene gobernando el país desde 1810 (con breves interrupciones) , y es, en todo sentido el varadero culpable de los mayores desequilibrios de nuestra economía y de la pobreza que ellos le adjudican a sus enemigos.

 

Ahora por el lado del campo popular, se evidencia un grave desconocimiento del mundo económico, es decir, del territorio, sobre el que se debe actuar. En parte porque los políticos del campo popular parecen haber aceptado gran parte de las mentiras liberales, y en otra parte porque el juego de contradicciones de las tradiciones de izquierda pareciera haberlos cargado de injustificados prejuicios sobre el funcionamiento económico y los actores. Esto genera que tengan un rechazo inconsciente a las capacidades nacionales y particularmente hacia el empresario argentino, a quien asimilan al terrateniente liberal, que es en realidad, su opuesto. Esto deriva en un torpe accionar sobre la realidad económica. No voy a explayarme más sobre este punto, pero cuando el campo popular interviene en la economía lo hace a destiempo, con herramientas confusas y en no pocas veces con resultados contraproducentes. En ocasiones hasta podemos encontrar políticos y economistas del campo popular, defendiendo el entramado fiscal creado por Martínez de Hoz y Cavallo (un régimen regresivo que tiene sobre la mayor carga fiscal sobre el trabajo y la producción industrial y favorece escandalosamente al capital extranjero). Del mismo modo la elevada informalidad no puede ser entendida como una cultura de la evasión (prejuicio casi extranjero, con un fuerte contenido de desprecio hacia los argentinos), sino el resultado de una ingeniería fiscal que carga sobre la actividad y no sobre la ganancia. Es preciso una profunda reflexión sobre las formas de intervención económica y como estas deben orientarse a transformar el país liberal que tantas desigualdades genera. Para esto es importante no caer en las trampas del debate y reconocer el verdadero y profundo funcionamiento de la economía argentina y sus actores. El campo popular nos debe un profundo plan de reformas económicas orientadas a defender a los argentinos, sus capacidades, sus talentos, sus esfuerzos y para ello es preciso terminar con el régimen liberal (y anti argentino) que padecemos desde el inicio de nuestra historia. 

 

 

 

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