Los últimos acontecimientos mundiales, el gobierno de Trump y sus intervenciones militares y comerciales cada vez más desesperadas y en muchos sentidos contradictorias anuncian un inequívoco proceso de transformación del orden mundial. El gran emergente, no cabe duda, es la República Popular China, que tenemos que recordar está gobernada desde mediados de 1949 por el partido comunista chino. Se escuchan muchas voces que hablan de orden multipolar, voces que en general vienen muy alineadas a los intereses de Pekín. El mismo Xi Jinping no deja de mencionar la expresión del mundo multipolar. Pero hay que ver bien el desarrollo de los acontecimientos para entender que el nuevo orden está muy lejos de lo multipolar, todo parece encaminarse a una total hegemonía económica y comercial de China. Pienso repasar brevemente estas contradictorias intervenciones de la administración Trump y aventurar, siempre provisoriamente, alguna conclusión sobre el desenlace de estos desplazamientos.
La guerra comercial, superficie, pantomima
y realidad.
Ya en el primer mandato de Donald Trump,
se empezó a plantear el tema de la guerra comercial. Es que de algún modo la
emergencia de Trump en la política norteamericana expresa la gran contradicción
del capitalismo actual, la disputa cada vez más cruenta entre el capital
industrial y el capital financiero. El capitalismo industrial es el capitalismo
expresado como modo de producción y esto implica la transformación del mundo
material. Y cuando el capital produce, da trabajo. Siguiendo el razonamiento,
cuando da trabajo y ese trabajo está bien remunerado, incluso dando lugar a la
apropiación del excedente (la famosa plusvalía de Marx), esos trabajadores
oprimidos por el sistema pueden mejorar su calidad de vida, en términos
económicos eso es consumir. Se produce así un mercado de consumo que no es otra
cosa que el acceso de la población a formas materiales de riqueza y bienestar.
El círculo se cierra cuando el capitalismo ahora produce bienes para abastecer
a ese mercado de consumo que resulta de la capacidad adquisitiva de los trabajadores.
Falta decir aquí, que para todos los economistas del capitalismo y los del
comunismo también, la riqueza es un resultado del trabajo. El mismo Adam Smith,
en la riqueza de las naciones, no habla de otra cosa que del trabajo. El
trabajo entendido como la facultad del hombre para transformar el mundo
material y así, producir riqueza. El problema aparece cuando resulta posible
producir sin dar trabajo, o más específicamente, producir sin dar trabajo en esa
sociedad donde se actúa, es decir, en el mercado donde se participa. Aquí es
donde aparece el problema, desde el consenso de Washington, que se establece en
1987 e impone las normas que serán luego el abc del neoliberalismo, el
capitalismo ha abandonado su característica industrial. Hay que pensar que el
consenso de Washington se articuló sobre dos movimientos, el avance del capital
sobre las funciones del estado y la incorporación del bloque económico asiático,
con producción comunista, al comercio internacional. En el primer punto, se
trata de cómo los capitales concentrados forzaron a los estados a la
privatización de los servicios públicos, creando así: mercados monopólicos
cautivos. Los servicios públicos no eran mercados, eran y son, mecanismos sociales
con los cuales las sociedades garantizan sus condiciones de existencia, lo cual
les permite desarrollarse como sociedades y en un plano específico, les
permiten a las sociedades desarrollarse como modos de producción. Es decir, son
los servicios públicos los que crearon las condiciones de existencia del
capitalismo. Existe toda una bibliografía que aborda la relación de los
“estados Burgueses” con el desarrollo del capitalismo, pero se ha observado
poco que, parte de la formación de ese estado burgués, es la existencia de
mecanismo de reproducción social, que no son otra cosa, que un sistema de
salud, de educación, y de seguridad. Y ahí es cuando podemos pensar que son los
servicios públicos los que garantizan y conforman estos sistemas. Visto así, el
avance del capital sobre las funciones del estado, no es otra cosa que el
avance del capitalismo sobre las condiciones de su propia existencia. Los
grandes capitales comenzaron a controlar mercados monopólicos creados a partir
de la comercialización de necesidades básicas para la subsistencia humana,
dejaron de producir para vender servicios cada vez más esenciales.
Muchos análisis económicos desde los 90 en
adelante suelen exhibir del deterioro de la rentabilidad industrial frente a la
rentabilidad financiera, las corporaciones industriales, en su evolución hacia
el capital financiero, avanzan sobre las funciones del estado, y resultan un
mejor negocio que la producción capitalista. Del primer movimiento se
desprende, entonces, que a partir del consenso de Washington, el capitalismo
dejó de producir.
El segundo movimiento puede situarse en
1978, cuando de la mano de Deng Xiaoping, el líder comunista que asume luego de
la muerte de Mao Zedong, se produce lo que en el mundo se ha llamado la
apertura china al comercio internacional. En realidad, se trató de una nueva
estrategia para el desarrollo de la industria china, vinculado al comercio
internacional. China no dejó de ser comunista, ni el partido comunista redujo
su rol en la administración de sus política social, militar y económica, lo que
cambió fue que, a partir de entonces, China se abrió para el comercio
internacional, bajo un estricto control estatal. esta apertura en vez de
terminar en una china repleta de productos producidos en occidente, resultó en
un occidente repleto de productos fabricados en China, pero con marcas
occidentales. Durante algún tiempo, occidente vivió en la fantasía de que
reteniendo el control del diseño, software y marca tendría bajo control la
disputa de poder que podría resultar de la deslocalización. Hoy esa fantasía ha
terminado de caer, ya son muchas las marcas chinas con diseño propio que
compiten con las marcas occidentales, y China, tiene la ventaja de controlar la
producción de ambas. La victoria de las marcas chinas por sobre las marcas
occidentales fabricadas también en china (en algunos casos por las mismas
fábricas) termina siendo casi un hecho natural.
La caída de Estados Unidos como potencia
económica ya es un dato de la realidad, resultado de un proceso de desinversión
capitalista profundo en busca de una escandalosa rentabilidad financiera y
comercial, que las distintas administraciones norteamericanas han venido
auspiciando. Esta caída se percibe en la vida cotidiana de los norteamericanos,
desempleados, sin fábricas y forzados a inventar cosas nuevas, a innovar,
porque toda forma de trabajo tradicional fue desplazada a China. Lo único que
prospera en EEUU son los recursos digitales que no producen riqueza, sino que,
en el mejor de los casos, captan y administran una parte de la riqueza que se
produce en otro lado. Y es esa contradicción, que fractura a la sociedad
norteamericana, el caldo de cultivo detrás del trumpismo.
En ese escenario, Trump planteó una guerra
comercial contra China. Pero la naturaleza mediática de la figura de Trump, su
histrionismo, su particular sentido del humor y la falta absoluta de diplomacia
y sensibilidad política, sumada a cierto rechazo a discursos superficiales del
progresismo, hizo crecer un debate político escindido de toda realidad económica.
Así pudieron comunicarse todas las derechas del mundo, que sin embargo tienen
programas económicos y objetivos que hoy son absolutamente opuestos. Esto es
clave para pensar las erráticas acciones de EEUU en el campo económico y
político internacional, como veremos más adelante.
La guerra real. Intervencionismos,
Clausewitz y Sun Tzu.
La guerra tiene sus teóricos, tradiciones
de pensamiento que construyen desde la experiencia de los pueblos una doctrina
militar, es decir un conjunto de procedimientos, teorías y protocolos para
hacer la guerra y principalmente: vencer. Podemos decir que hay dos grandes
tradiciones, la tradición occidental colecta la experiencia de todo el mundo
europeo, los escritos de Napoleón, de Grecia, y encuentra tal vez en Karl Von
Clausewitz su mayor exponente. Por el lado de oriente una larga tradición de
pensamiento puede sintetizarse en “El arte de la guerra” de Sun Tzu.
Clausewitz fue un militar prusiano que
vivió entre 1780 y 1831, escribió el famoso libro “De la Guerra” de donde se
desprende la famosa frase que sostiene que “la guerra es la continuación de la
política por otros medios”. Toda guerra es en sí, una disputa de poder que se
resuelve a través de la confrontación entre dos fuerzas. La guerra es “un acto
de fuerza para imponer nuestra voluntad sobre el adversario”. En su obra,
Clausewitz repasa y redefine los conceptos de táctica y estrategia militar y
establece un complejo sistema teórico para llevar a cabo la tarea de vencer al
enemigo, donde es preciso desarmarlo y reducir sus fuerzas para la
confrontación final. En el pensamiento de guerra de Clausewitz, la violencia es
el principal factor y se trata de administrar los recursos propios e intervenir
los del adversario de modo tal que la correlación de fuerzas sea favorable para
la victoria final. Visto así, el pensamiento de Clausewitz es en sí una
filosofía de la violencia, el ataque y la fuerza.
En la tradición oriental aparecen varios contrapuntos interesantes. Sun Tzu era un militar de la antigua china que vivió entre 544 y 497 a.c. A su figura legendaria se atribuyen muchas historias y principalmente la redacción del texto “El arte de la guerra”. Tal vez el concepto que mejor define al pensamiento de Sun Tzu es que el arte de la guerra consiste en ganar sin necesidad de pelear. Se trata de imponer la voluntad sobre el otro sin la necesidad del combate. Lo cual no significa que en el pensamiento de Tzu no se analice el ejercicio de la violencia organizada que implica la guerra. La acción, el territorio, el liderazgo, la unidad de mando, la disciplina, y la fuerza son fundamentales en la ejecución de la violencia, pero también se incluye en el pensamiento la necesidad del “engaño”. Dice Tzu “Una operación militar implica engaño. Aunque seas competente, aparenta ser incompetente. Aunque seas efectivo, muéstrate ineficaz.”.
En Clausewitz está el concepto de la “sorpresa”, que es acción inesperada por el enemigo, que lo encuentra desprevenido, indefenso y genera, por tanto, mayor daño. Pero esta sorpresa en Clausewitz implica un razonamiento extraordinario, un pensamiento de otro orden, una acción inesperada que puede ser sorpresiva incluso para quien la ejecuta. En la visión de la Guerra de Clausewitz hay un margen de azar, la “la niebla de la guerra”. En la tradición oriental, en cambio, vemos que la sorpresa resulta de una construcción de engaño, de producir un escenario. La sorpresa es resultado de lo que se le hecho creer al enemigo.
No voy a detenerme demasiado en la comparación de estas dos corrientes de pensamiento militar, lo que me interesa es pensar como la tradición oriental, al concebir la guerra con una filosofía más amplia ha permitido desarrollar otras estrategias de combate que han dado lugar a lo que hoy llama “guerra de guerrillas” es decir, una táctica militar que evita grandes confrontaciones en beneficio de ataques cortos y limitados que deterioren la capacidad operativa del enemigo. Esto puede obedecer a una correlación de fuerzas desfavorable como también a una filosofía de economía de fuerzas. Este tipo de estrategia es la que llevó a cabo Ho Chi Minh en Vietnam, donde las fuerzas comunistas vencieron a EEUU.
Creo que pensar estas dos maneras de
enfrentar el conflicto pueden darnos alguna idea sobre cómo se está
desarrollando la actual guerra comercial entre EEUU y China. EEUU ha buscado
golpes directos sobre recursos que supuestamente afectaba a China, el petróleo
venezolano, el petróleo en Irán, al mismo tiempo que limitaba el acceso al
mercado norteamericano de la producción China.
Mientras que China parece no haber sentido los golpes norteamericanos,
(tal vez la administración Trump ha sido víctima del engaño y ha malgastado
recursos y fuerza en ataques sin resultados), y solapadamente ha fortalecido de
manera indirecta vínculos comerciales con un sin fin de mercados menores pero
que al final del día termina terminan limitando el accionar económico de EEUU.
El caso de Milei, el avance chino sobre
América latina.
Lamentablemente el caso argentino es
increíblemente ilustrativo, la total subordinación política a la administración
norteamericana le ha brindado al gobierno de Milei recursos financieros
impensados para cualquier gobierno argentino. Desde un apoyo declarativo que
impacta en las expectativas de los mercados financieros hasta intervenciones
directas en el mercado de cambios local que influyeron en una elección
legislativa. Pero en la práctica económica real, el gobierno de Milei ha
aumentado como nunca en la historia el intercambio comercial de Argentina con
China. A tal punto que por primera vez en la historia la balanza comercial con
China dio negativa. Es decir, todo lo que le vendemos a China, en soja, litio,
carne y productos agrícolas está completamente empatado y superado por
importaciones de todo tipo, donde como fenómeno nuevo podemos encontrar
automotores. Automotrices norteamericanas instaladas en el país reducen su
producción mientras llegan autos de China. Es decir, en el gobierno de Milei,
con auspicio de EEUU, estamos cambiando autos norteamericanos por autos chinos.
Y analizando en detalle los mecanismos comerciales detrás de muchas
importaciones chinas podemos encontrar como novedad, que muchas empresas
importadoras son empresas chinas instaladas en el país al efecto de llevar a
cabo esas operaciones de importación. Es decir, van desapareciendo
intermediarios locales. No hay que ser muy inteligente para imaginar una
política estatal decidida en Pekín para instalar empresas buscando agilizar el intercambio
comercial con el fin de empatar la balanza comercial, algo que puede haberse
convertido en prioridad ante los aranceles de Trump. Es lo que sucede con
muchas empresas importadoras de textiles, de electrodomésticos y tenemos un
ejemplo ilustrativo en la marca de autos “ByD”. Según una nota de La Nación, se
menciona que “BYD, líder mundial en vehículos electrificados. A diferencia de
la mayoría de sus competidores, la marca desembarcó en la Argentina con
estructura propia, sin intermediación de un importador local. De este modo,
gestiona directamente su operación comercial, su red y el posicionamiento de
marca en el mercado argentino.” En la nota, además, se pueden ver los enormes
vínculos del grupo Macri (líder de la derecha argentina, pro norteamericana y
aliado circunstancial del gobierno de Milei) con las automotrices chinas.
Tal vez parte de la gran derrota
norteamericana en la guerra comercial con china viene de no entender que las
derechas neoliberales por su vinculación con el capital financiero que se
asocia a un libre mercado que hoy solo puede ser explotado por la producción comunista
son la mayor herramienta de la guerrilla comercial china. Es que en la
actualidad EEUU no posee la producción necesaria para dominar los mercados
mundiales (de hecho, no posee ninguna producción) de ahí se desprende que la
única manera de contener el avance industrial de china es cerrando los mercados
a sus producciones, pero para eso debe sostener modelos de desarrollo que no
encajan con las ideologías ni las prácticas de las derechas neoliberales. En el
caso de Latinoamérica la sumisión ideológica de las derechas, las han llevado a
crear economías feudales que buscan siempre un beneficiario extranjero, al no
estar disponible EEUU, queda China. Los aliados de Trump son los principales
jugadores para la expansión china.
EE UU, China y los vasallos.
La caída de EEUU es también la caída del
capitalismo tal como lo conocemos hoy, que como ya vimos está muy lejos del
capitalismo industrial que supero a la sociedad feudal, mejoro las comdiciones de vida de occidente y venció, luego, a la unión soviética. El orden que viene
resultando, donde occidente se convierte en un mero mediador financiero y
comercial, en el mejor de los casos, de la producción material comunista
configura un capitalismo inviable. ¿De qué van a vivir todos los habitantes de
occidente si no hay a quien vender su fuerza de trabajo, porque todo el trabajo
está únicamente en china? ¿Alcanza una economía de servicios e intermediación
financiera con china para dar trabajo a todos los habitantes de occidente? no
hay que hacer muchas cuentas para saber que no. ¿Será el nuevo orden un mundo
donde EEUU sea apenas un terrateniente chino, resolviendo de (alguna manera impensada
hoy el desempleo de su población) y todos los demás países, vasallos pobres de
un nuevo orden gobernado desde china? Todas estas preguntas, aunque exageradas,
exhiben el conflicto real del nuevo orden que se está definiendo.


