Rio de Estrellas (editado por Duma) es una prueba irrefutable de la actualidad y vigencia artística de dos verdaderas leyendas de la historieta argentina. Jorge Morhain y Horacio Lalia. Por el lado de Morhain, siento que debemos decir mucho, porque se ha dicho poco de este gran guionista de mil historias, presente en gran parte de las publicaciones argentinas de historietas, tanto en Columba, en Record, como en las publicaciones de esa, ahora tan lejana y tan idílicamente recordada, edad de Oro de la historieta argentina. Es que Morhain es uno de los guionistas, junto a Alfredo Grassi, más prolíficos y tal vez menos valorados de la historieta argentina. Especializado en la narrativa gauchesca Morhain se convirtió en uno de los escritores frecuentes de Columba, pero no solo escribiría ese género, perdido en el universo de seudónimos con el que Columba confundía a sus lectores, Morhain escribió todo y de todo. Al leer sus diálogos y sus textos nos encontramos con una escritura versátil, poética por momentos, sintética e informativa cuando es necesario, graciosa cuando la historia lo amerita. Morhain encuentra la palabra justa para cada personaje, y construye personajes entrañables como también villanos que nos obligan a pensar en las miserias humanas. Es que la narrativa de Morhain tiene mucho de Oesterheld, como el mismo suele decir “su maestro”, hay algo del debate sobre la naturaleza humana, tan presente en Oesterheld, presente también aquí, en las palabras de Rio de Estrellas.
Pero hay que decirlo, Rio de estrellas no es una historia sobre la
naturaleza humana, ni mucho menos algún tipo de introspección psicológica sobre
el ser. No. Es una historieta de aventuras, de las que hace un tiempo parecen
mala palabra. Tan preocupados que estamos por debatir el mundo en las cosas
pequeñas, tal vez para creernos que hacemos grandes cosas cuando solo hacemos
cosas pequeñas, empezamos a mirar con malos ojos a todo aquello que no pretende
debatir el mundo. Mientras escribo esto viene a mi mente un texto de Susan Sontag
llamado “Contra la interpretación” donde se preguntaba porque tenemos que tener
una interpretación de todo, porque no podemos disfrutar una estructura
narrativa por la ejecución misma de sus formas. Porque no podemos disfrutar de
las cosas por las cosas mismas y debemos, en cambio, buscar en otro lugar (ideológico,
cultural, intelectual o ético), un sentido, una correspondencia simbólica que
habilite algún tipo de placer de lectura. La literatura de aventura nos expone
a ese dilema, no se trata de saber que representa D’artagnan, sino de disfrutar
su historia, de entenderla. De seguir su devenir, de conocer sus personajes, entenderlos,
de exponernos a sus acontecimientos, de comprender ese mundo. La comprensión es
también una forma de placer.
Pero, aunque no cuestionemos al mundo, el mundo está ahí, en todo lo que hacemos, y hay un mundo en Rio de estrellas. Y ese mundo nos llega con la mediación de otro grande, de Horacio Lalia. ¿y qué podemos decir del dibujante de Nekrodamus, del maestro del terror? Un número fijo en las grandes épocas de la Revista Skorpio. ¿Quién no leyó una Skorpio, empezado por “la historieta de Lalia”? Dueño de un estilo y una personalidad grafica única, Lalia es Lalia. Podemos reconocer un dibujo suyo en cualquier lado. Sus rostros, sus escenarios, esas manchas de tintas, ese manejo de la expresividad del trazo, del accidente de pincel, dentro de un orden grafico siempre eficiente en lo narrativo. Lalia no le pifia nunca.
Ser un maestro supone tener el dominio de un conjunto de herramientas y saber usarlas en el momento justo, ahorrando energía y recursos, usando el efecto correcto en el momento correcto. La mayor dificultad radica en esto último, se trata de entender el juego completo, de captar la totalidad para desde ahí administrar los recursos narrativos (gráficos) en función de la historia. Un dibujante de historietas es tal cuando es capaz de captar las intenciones del guionista, de comprender la historia que debe contar para poder desde ahí, manejar los tiempos, los climas y los matices que resultan de los distintos enfoques y secuencias. El género de Terror suma a esta dificultad su estricta dependencia de estos recursos. Es que el terror requiere una economía de recursos más precisa, ¿cuándo subir desde lo grafico la tensión dramática? ¿Cuándo generar suspenso y misterio? ¿que mostrar y que ocultar? ¿Cuándo el dibujo debe volverse lúgubre y oscuro? ¿Cuándo la mancha de oscura tinta debe oscurecer la historia? ¿Cómo narrar la muerte y el espanto? Lo sabe un maestro del terror, lo sabe Lalia. Y no le pifia nunca.
Del encuentro de estos grandes autores sale rio de estrellas, una historieta que nos cuenta Morhain, fue presentada inicialmente a Editorial Columba, en su última y penosa etapa. Fue aprobaba sin dibujante asignado pero la debacle de la legendaria editorial dejo al asunto incierto. Muchos años después junto a Lalia, Morhain retoma esta historia que empieza en un pueblito perdido en medio de la selva llamado Hachaí, una palabra inventada (un neologismo para ser elegante) que combina modismos Guaraníes con palabras castellanas. Y cosas extrañas suceden allí. Un montón de estrellas cayeron al rio, iluminándolo en la profundidad. Y mientras el rio brilla, Gracielina huye del burdel. Le han prometido una vida, una casa, un hogar, su príncipe azul la espera al otro lado del rio. Pero el príncipe no es tan príncipe y Gracielina, apuñalada, cae a la oscuridad, al rio de estrellas. Esa misma noche, unos científicos llegan al pueblo, con aparatos desconocidos, acentos extraños y nombres comunes, para estudiar animales y plantas, dicen. Todo se enrarece en Hachaí y de a poco empezamos a ver a los seres que vienen del más allá. Y vamos entendiendo la presencia de estos extraños científicos que de a poco se van integrando a la vida este pequeño pueblo rural. Hay mucho de Lovecraft en estas páginas y mucho también de la escuela de Oesterheld.
Personajes humanos, torpes, audaces, con coraje y cobardía en un mundo cotidiano que se va mezclando con estos misteriosos seres del espacio exterior, que parecen insensibles, que están tan lejos de todo lo humano. Y también hay monstruos del espacio exterior y de las profundidades de la tierra. Pero son monstruos que actúan por instinto, con racionalidad, la racionalidad de los animales, que buscan sobrevivir y reproducirse. Es uno de los grandes meritos de esta historia, porque a diferencia de los monstruos a los que nos tiene acostumbrados hoy el cine y la televisión, llenos de maldad, portadores de odios irracionales y en busca de la aniquilación del otro, alteridades absolutas en un mundo que parece cada vez más intolerante, estos monstros que escribe Morhain, solo cumplen su ciclo vital, no son ni buenos ni malos, solo son. No hay razón ni moral en el animal que mata para sobrevivir, solo la lógica de supervivencia. El otro gran merito que encuentro es el enorme calor humano de los personajes, esa Carmen, la dueña del burdel, es un personaje entrañable, deformando palabras, preocupada por sus "chicas", ávida de nuevos negocios, y entendiendo mucho más de lo que parece, mientras deforma palabras y nombres. Roldan, Bobote, Karim, Arzumendi, personajes transparentes que desde sus limitaciones y sus circunstancias nos reflejan mucho de lo que somos. También hay monstruos humanos, seres despiadados cuyos actos no responden a la supervivencia, sino a la avaricia y el poder. Y es que no todos los monstruos vienen del más allá.



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