domingo, 23 de agosto de 2026

El empobrecimiento general. Lo que se esconde debajo de la macro.


La economía libertaria, sus postulados ideológicos y sus medidas económicas revisten escasas novedades para la historia económica argentina. El viejo combo de apertura importadora descontrolada, valorización financiera y desregulación de mercados monopólicos (servicios, salud, transporte) conduce, como infantilmente sostiene el presidente en sus contradictorios discursos, a las mismas y viejas consecuencias. Pero tal vez a diferencia de otras épocas, donde la bruma del poder mediático conseguía crear una suerte de realidad virtual donde no se veían las consecuencias del modelo, hoy la realidad es más evidente, mas próxima, hoy podemos ver en las redes de nuestros celulares a los millones de argentinos que se vuelven a quedar afuera de la macro. Del mismo modo hoy existen miles de índices e indicadores que, en tiempo real, y en algunos casos sin intervención estatal, van relevando el deterioro de la calidad de vida de los argentinos.

 La cuestión es que este proceso de empobrecimiento general que estamos padeciendo y que forma parte de las mismas políticas neoliberales que se vienen implementando desde 1976, encuentra como siempre discursos negadores, que como anticuerpos para la verdad, van sembrando confusión, ocultando evidentes realidades y generando en propios y ajenos, fuertes errores de diagnóstico. Quiero esbozar en un breve recorrido sobre los discursos legitimantes del proceso liberal de los 90, el que se inició en el gobierno de Carlos Menem en 1989 y terminó catastróficamente en 2001. Y analizar algunos puntos en común con la actualidad.

 

Los discursos legitimantes.

Voy a entender por discursos legitimantes, aquellos argumentos que instalándose en el sentido común proveen ciertas claves de lectura para la realidad social, y específicamente la realidad individual. Estos discursos a veces se alimentan de prejuicios sociales ya instalados, pero en la mayoría de los casos terminan por instalar determinados prejuicios. No son inocentes, forman parte y en algún punto son el producto de actores políticos especializados, de intelectuales orgánicos (en el más puro sentido gramsciano), la mayoría de las veces disfrazados de periodistas. Son estos actores, los que, en el concierto de medios de comunicación, entre panelistas, analistas especializados, o simples periodistas van organizando un discurso afín a intereses económicos, que pueden ser los del medio de comunicación o bien estar más relacionados  a ciertas empresas individuales de los propios actores. Uno podría decir que mientras más diversa y numerosa sea la cantidad de medios y de voces, más difícil es la instalación organizada de cualquier tipo de discurso intencional, ya que las opiniones y los distintos discursos que ellas generan se pondrían a competir entre sí, creando una suerte de filtro para las mentiras. Pero en el caso argentino justamente a partir de la década del 90 atravesamos un profundo proceso de concentración donde los actores reales en la comunicación, es decir las empresas con capacidad real de hacer circular información son extremadamente pocas. Para otro momento quedara por revisar los mecanismos de imposición de estos discursos (la ingenia de medios que los hacen circular), que registran notables cambios entre la década del 90 y la actualidad.

 


La bruma de los 90

Los discursos que circularon en los noventas se articularon sobre dos grandes pilares centrales, el valor del peso y cierta narrativa de modernización. En el primer caso se trataba de sobredimensionar los efectos positivos de la valorización financiera. A partir del 1 a 1, el peso argentino cobró un valor por encima del mercado local, que, por tanto, adquirió un poder de compra internacional. Sobre esta base se construyó el imaginario de que la argentina estaba en el primer mundo, que los argentinos nos podíamos comprar cualquier cosa que quisiéramos, todo lo que venía de afuera o se producía afuera era increíblemente barato para nuestra moneda sobrevaluada financieramente.

Subsidiario de este mismo patrón de sentido, se construyó el imaginario según el cual durante los 90, muchos argentinos pudieron viajar por el mundo. El contraste real de todo esto, es que, a partir de la apertura económica, como sabe cualquier economista honesto, los costos internacionales se vuelcan al mercado interno. Es decir, los precios de las materias primas (los commodities) en dólares no guardan relación con el costo local de producción. Sucedía entonces, como sucede ahora que los salarios atrasados en pesos no alcanzan a cubrir los costos básicos de subsistencia, que, debido a la apertura y desregulación, toman valores internacionales. Es decir, los argentinos cobraban sueldos en dólares, pero tenían costos de subsistencia aún más altos en dólares. Aquello que tenían un salario que supere el altísimo umbral de subsistencia en dólares, disponía de un ahorro en divisas con poder de compra internacional. Ese “efecto riqueza” de la valorización financiera confluye en acentuar, por un tiempo, la narrativa del éxito de la convertibilidad.  Hay que agregar, que el sector que disfrutó esa bonanza económica fue muy reducido, pero mediante la gigantesca proyección mediática (la bruma de los 90), se pudo instalar un imaginario donde todos los argentinos eran incluidos. Mucha gente que no viajó a Europa, que no disfruto la década del noventa, que no pudo comprar objetos suntuosos de producción extranjera recuerda aquellos años como “los años en que todos podíamos ir a Europa”. La cuestión es que a medida que avanzaban los años y los efectos de la destrucción de la economía real se iban acentuando, cada vez fueron menos los argentinos que vivieron el espejismo del efecto riqueza. La bruma se empezó a disipar.

Por otro lado, la narrativa de la modernización se articulaba sobre cierto prejuicio de atraso tecnológico argentino y venía a sostener que, durante el menemismo, gracias a la apertura, Argentina se puso a la par tecnológica del mundo, porque se podía importar todo gracias al valor internacional del peso. No son pocos los que recuerdan casos de algunas empresas que pudieron importar tecnología. La realidad es que, al tener altísimos costos internos en dólares, cualquier producción extranjera era barata, lo que generaba una insalvable distorsión económica. Las empresas que no se fundieron, cerraron sus líneas de producción para importar productos finales aprovechando la red comercial que tenían. A su vez las empresas que no cerraron y pudieron traer bienes de capital de última generación para mejorar y perfeccionar su capacidad productiva, se encontraban que, gracias al tipo de cambio, cualquier otra fábrica en el mundo, con tecnología más atrasada y mano de obra menos capacitada era más competitiva. En el mejor de los casos, los empresarios que podían apagaron las máquinas y esperaron un cambio de régimen para poder producir. Cuando lo hicieron, la tecnología innovadora ya no era nueva. Hay muchos ejemplos, por ejemplo Editorial Perfil en los 90 adquirió una de las primeras y más novedosas rotativas de diarios capaz de imprimir a color (en ese momento todos los diarios salían solo en blanco y negro), pero durante toda la década no la pudo usar por el alto costo argentino de materia prima, energía y mano de obra. Durante todo el periodo, perfil como otras editoriales mandaban a imprimir a chile. Cuando pudo empezar a producir la maquinaria ya tenía 10 años de atraso tecnológico. Historias semejantes se repiten en la industria textil, metalúrgica y todos los sectores que luego del menemismo pudieron retomar la producción. Pasada la “modernización menemista” todo era más viejo y atrasado.

Al mismo tiempo, esta narrativa de modernización traccionaba para sí, cualquier novedad tecnológica concurrente de la época. Así se sostenía por ejemplo que los televisores de pantalla plana llegaron al país gracias a la apertura, cuando no existían antes de este periodo. Lo mismo ocurría con muchos productos de uso doméstico, innovaciones del periodo y que, en realidad, guardaban relación con el avance de la microelectrónica. Para esos años los costos de producción de tecnología de uso masivo registraron una formidable reducción lo que habilitó un mercado de consumo inédito. Eso fue un fenómeno mundial que no tuvo ninguna relación con las políticas liberales argentinas. Al contrario, gracias a ellas, argentina quedó fuera del tren de la producción en ese mercado. Antes del menemismo el país tenía empresas capaces de desarrollo de productos tecnológicos de uso masivo (tal era el caso de la empresa Tonomac, de producía radios a transistores con diseño argentino o la empresa CIFRA, que fabricaba calculadoras solo por dar algunos ejemplos), después de la modernización menemista eso fue imposible.

Hay que observar como el centro de percepción de lo moderno estaba dado, dentro de estas narrativas, en el individuo que consume, y no en la sociedad que produce. No es la capacidad de consumo de objetos modernos lo que moderniza a una sociedad, sino su capacidad de producir con métodos y tecnología moderna, objetos modernos. Así como la riqueza se produce, la modernidad también.

 

La explicación cultural.

El gran desafío de estos discursos era sostener que todo estaba bien, cuando todo estaba mal. La tasa de desocupación aumentaba a niveles inéditos, las fábricas quebraban una tras otra, se empezaba a instalar la recesión que explotaría en 2001. Y sucedió algo que hoy también se percibe, que es la informalización. Muchos sectores de la economía formal, frente la caída de la rentabilidad y la baja del consumo, no solo reducen su actividad económica, sino que empiezan a informalizar aspectos de su actividad para recuperar algún margen de ganancia, o bien sostenerse dentro de un esquema de supervivencia. Hace poco escuchaba a un representante del gremio de panaderos contando que muchos panaderos que hoy cierran sus negocios (se funden) continúan su actividad de manera informal. Hay que agregar, que ya no como empresarios, sino como sobrevivientes, siguen haciendo pan, pero no para enriquecerse como lo haría un capitalista, sino para sobrevivir como lo haría un campesino del siglo XVIII. Esto que sucede hoy, sucedía también en los 90. Estas realidades deben ser disimuladas o negadas por los discursos legitimantes. Aquí aparece una novedad narrativa de la década del 90, que es la explicación cultural. La caída del consumo era subordinada a una suerte de cambio de patrones culturales de consumo. La gente ya no quería consumir o consumía otra cosa en algún mercado que desconocemos, no era que no tenían plata.  A su vez, la informalidad, convertida en evasión fiscal, se definía como una costumbre argentina de no pagar impuestos. Cuando los impuestos que se evadían no existían antes de este periodo (el IVA por ejemplo antes de los 90 tenia una alícuota muy inferior y no alcanzaba a los alimentos). En la televisión aparecían los grandes empresarios, quienes se quejaban de los impuestos, lo que contribuía a la imagen del empresario que se enriquece evadiendo, pero la DGI (despues AFIP, hoy ARCA) perseguía a los panaderos que producían en negro para sobrevivir.


Los supermercados, las grandes superficies y la experiencia de consumo.

Un ejemplo de la explicación cultural para la crisis económica lo podemos encontrar hoy, cuando los devastadores efectos de la caída del salario se traducen en una formidable reducción del consumo. Esto es notable en todos los indicadores de cuanta cámara privada de comercio argentina quiera consultarse. Pero en las cadenas de supermercados se acusa una crisis de consumo insalvable. Al gobierno por su naturaleza afín a todo gran capital extranjero le cuesta desautorizar a Carrefour como a cualquier cámara privada argentina. No es lo mismo pelearse con CAME que con una multinacional francesa. Entonces se habilita una batería de razonamientos retorcidos que vienen a explicar porque hoy la gente no va al supermercado. Se habla de una crisis de las grandes superficies. El consumo en grandes supermercados se alimentaba de cierta experiencia de compra, donde las familias iban el domingo a pasar la mañana al supermercado y compraban gran cantidad de productos. El mayor día de venta de los supermercados es justamente el domingo. Así, la experiencia de compra del supermercado implica un recorrido donde los productos de necesidades básicas están rodeados de otros productos no tan necesarios pero que forman parte de la oferta del supermercado.


La disposición de las góndolas justamente está armada para producir este recorrido donde los alimentos siempre se encuentran al final. Las familias van al supermercado a comprar comida y terminaban comprando muchas cosas más. Esta cultura de consumo es muy interesante para pensar, primero porque explica la existencia de una clase media y segundo porque define un universo de consumo familiar. Podríamos incluso decir que esta experiencia de consumo es exclusiva de la clase media. Ahora, según los propagandistas libertarios, esta experiencia ya no existe, las familias ya no van al supermercado, ahora compran todo por internet, incluso algunos hasta llegan a sostener que ya no existen familias (faltaría que admitan que están destruyendo a la clase media). y para sostener esto se muestran cifras récord de consumo por internet, pero el consumo por internet que se exhibe conforma una verdadera trampa estadística. Sucede primero que muchos de los productos que se compran por ese medio son infinitamente más caros que un paquete de arroz, por internet se compran celulares, computadoras, televisores, electrodomésticos, es decir que esta comparación mezcla consumos suntuosos de clases altas con consumos de necesidades básicas. Es decir, se mezclan objetos de distinto tipo y valor que, a su vez, implican distintos sujetos de consumo. Es como si yo tomará como consumo el costo de producción de las pirámides de Egipto para decir que los esclavos del faraón rompían récords de consumo. Cuando el inefable Luis Caputo ensayo esta explicación, desde CAME le respondieron que “nadie compra un kilo de carne por mercado libre”.

Lo que omite el análisis es que para poder acceder a esa experiencia de consumo es preciso disponer de un excedente de capacidad de compra, que es lo que convierte a la compra puntual en un tour de compras. Si las familias tienen lo justo para sobrevivir, si apenas pueden comprar un paquete de fideos no tiene sentido que vayan a recorrer grandes superficies para ver una oferta de productos a la que no pueden acceder. Cuando se observa que antes del gobierno libertario, la gente si iba a las grandes superficies, se argumenta que eso se debía a cierto miedo a la inflación. Según ese razonamiento las familias hacían compras compulsivas a principio de mes para stockearse frente a las descontroladas subas de precios. Esto sigue omitiendo la principal condición del tour de compras: la capacidad adquisitiva excedente. Si la gente podía stockerase es porque tenía capacidad de compra. Y por otro lado, como vimos, el consumo de las grandes superficies no es en absoluto una experiencia de formación de stock familiar.

 

La subjetividad como trampa y la velocidad de la información.

Veo un fuerte contraste entre los discursos del gobierno libertario y la bruma de los 90. El menemismo conformaba un imaginario en muchos sentidos coherente mientras que el régimen libertario conforma un cuerpo caótico y más de un sentido absolutamente contradictorio. Los libertarios están en contra del aborto pero proponen esterilizar pobres, hablan de libertad pero quieren levantar muros entre el conurbano y CABA, se vuelven despiadados deportadores de extranjeros pero quieren levantar todo límite para que los extranjeros puedan comprar tierras argentinas. Repiten que sacaron a 19 millones de personas de la pobreza cuando se registra el más bajo consumo de carne por persona de la historia argentina y millones de argentinos se endeudan para pagar gastos corrientes. Pareciera que los que ya no son pobres siguen viviendo como pobres, como si siguieran siendo pobres (ese podría ser incluso una explicación oficialista de porque habiendo sacado gente de la pobreza no aumentó la clase media). Ven comunistas en todos lados menos en China donde gobierna el partido comunista de 1945, y que además llevó a cabo muchas purgas de capitalistas y revoluciones culturales (COMUNISTAS). Hay un discurso en defensa de las fuerzas armadas, pero nunca en la historia los soldados tuvieron salarios más bajos. Se celebra la compra de aviones F16 y los pilotos ganan lo mismo que gana un chofer de Uber.

Cuando la realidad se vuelve demasiado evidente, desde el gobierno se apela a la descalificación absoluta y aumenta el grado de subjetividad del discurso. Cada vez es más lo que se encuentra fuera de todo registro y viene a explicar el bienestar imperceptible de la sociedad. Por ejemplo, en el caso de la caída de los salarios Milei llegó a decir que los trabajadores en negro ganaban mucho mejor que los trabajadores registrados y que eso era un dato del crecimiento económico. Puede que haya pilotos invisibles que ganen más que un chofer de Uber.


Algo absolutamente incomprobable. Siempre hay un otro, al que no conocemos y no podemos contactar, en una zona desconocida del país, que disfruta de las maravillas económicas del gobierno. La narrativa libertaria se convierte en un discurso demente.

Ahora, siendo que las políticas y sus resultados son exactamente los mismos que en los noventa. Siendo además que sus ejecutores y los intelectuales orgánicos que construyen los discursos legitimantes también son los mismos. Porque estos discursos son tan caóticos, tan desquiciados, tan ineficaces. Porque los libertarios deben apelar con tanta frecuencia a ese “fingir demencia”, cuando Menem podía “mentir primer mundo” sin que se le mueva un pelo. Y además podía hacerlo en frente a cualquier periodista sin la necesidad de tener solo entrevistas arregladas con periodistas bajo contrato. No se puede explicar eso solamente apelando a diferencias personales, de capacidades políticas e individuales. Tal vez la respuesta esté en algo que dije más arriba, la velocidad de la información hoy es mayor y no tiene el monopolio que tenía en los 90. Los millones de desocupados tienen redes sociales y pueden publicar su tragedia y ver en sus celulares a otros argentinos que están igual de mal. Hoy podemos ver por instagram el discurso de un empresario a sus trabajadores cuando les cuenta que tiene que cerrar por las consecuencias de las políticas económicas el gobierno. En los 90 eso no pasaba, la realidad tardaba mucho en llegar a registrarse, tuvieron que pasar 10 años para que la clase media se diera cuenta que estaba fuera de la fiesta, hoy ya sabe que comprar en el supermercado es un privilegio lejano. Y no es solo una percepción individual en controversia con el mandato mediático, es una percepción compartida a través de redes de comunicación que van más rápido que las mentiras de Clarín. En los 90 todo era más fácil de tapar, la bruma podía hacernos creer muchas mentiras. 

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