domingo, 23 de agosto de 2026

El empobrecimiento general. Lo que se esconde debajo de la macro.


La economía libertaria, sus postulados ideológicos y sus medidas económicas revisten escasas novedades para la historia económica argentina. El viejo combo de apertura importadora descontrolada, valorización financiera y desregulación de mercados monopólicos (servicios, salud, transporte) conduce, como infantilmente sostiene el presidente en sus contradictorios discursos, a las mismas y viejas consecuencias. Pero tal vez a diferencia de otras épocas, donde la bruma del poder mediático conseguía crear una suerte de realidad virtual donde no se veían las consecuencias del modelo, hoy la realidad es más evidente, mas próxima, hoy podemos ver en las redes de nuestros celulares a los millones de argentinos que se vuelven a quedar afuera de la macro. Del mismo modo hoy existen miles de índices e indicadores que, en tiempo real, y en algunos casos sin intervención estatal, van relevando el deterioro de la calidad de vida de los argentinos.

 La cuestión es que este proceso de empobrecimiento general que estamos padeciendo y que forma parte de las mismas políticas neoliberales que se vienen implementando desde 1976, encuentra como siempre discursos negadores, que como anticuerpos para la verdad, van sembrando confusión, ocultando evidentes realidades y generando en propios y ajenos, fuertes errores de diagnóstico. Quiero esbozar en un breve recorrido sobre los discursos legitimantes del proceso liberal de los 90, el que se inició en el gobierno de Carlos Menem en 1989 y terminó catastróficamente en 2001. Y analizar algunos puntos en común con la actualidad.

 

Los discursos legitimantes.

Voy a entender por discursos legitimantes, aquellos argumentos que instalándose en el sentido común proveen ciertas claves de lectura para la realidad social, y específicamente la realidad individual. Estos discursos a veces se alimentan de prejuicios sociales ya instalados, pero en la mayoría de los casos terminan por instalar determinados prejuicios. No son inocentes, forman parte y en algún punto son el producto de actores políticos especializados, de intelectuales orgánicos (en el más puro sentido gramsciano), la mayoría de las veces disfrazados de periodistas. Son estos actores, los que, en el concierto de medios de comunicación, entre panelistas, analistas especializados, o simples periodistas van organizando un discurso afín a intereses económicos, que pueden ser los del medio de comunicación o bien estar más relacionados  a ciertas empresas individuales de los propios actores. Uno podría decir que mientras más diversa y numerosa sea la cantidad de medios y de voces, más difícil es la instalación organizada de cualquier tipo de discurso intencional, ya que las opiniones y los distintos discursos que ellas generan se pondrían a competir entre sí, creando una suerte de filtro para las mentiras. Pero en el caso argentino justamente a partir de la década del 90 atravesamos un profundo proceso de concentración donde los actores reales en la comunicación, es decir las empresas con capacidad real de hacer circular información son extremadamente pocas. Para otro momento quedara por revisar los mecanismos de imposición de estos discursos (la ingenia de medios que los hacen circular), que registran notables cambios entre la década del 90 y la actualidad.

 


La bruma de los 90

Los discursos que circularon en los noventas se articularon sobre dos grandes pilares centrales, el valor del peso y cierta narrativa de modernización. En el primer caso se trataba de sobredimensionar los efectos positivos de la valorización financiera. A partir del 1 a 1, el peso argentino cobró un valor por encima del mercado local, que, por tanto, adquirió un poder de compra internacional. Sobre esta base se construyó el imaginario de que la argentina estaba en el primer mundo, que los argentinos nos podíamos comprar cualquier cosa que quisiéramos, todo lo que venía de afuera o se producía afuera era increíblemente barato para nuestra moneda sobrevaluada financieramente.

Subsidiario de este mismo patrón de sentido, se construyó el imaginario según el cual durante los 90, muchos argentinos pudieron viajar por el mundo. El contraste real de todo esto, es que, a partir de la apertura económica, como sabe cualquier economista honesto, los costos internacionales se vuelcan al mercado interno. Es decir, los precios de las materias primas (los commodities) en dólares no guardan relación con el costo local de producción. Sucedía entonces, como sucede ahora que los salarios atrasados en pesos no alcanzan a cubrir los costos básicos de subsistencia, que, debido a la apertura y desregulación, toman valores internacionales. Es decir, los argentinos cobraban sueldos en dólares, pero tenían costos de subsistencia aún más altos en dólares. Aquello que tenían un salario que supere el altísimo umbral de subsistencia en dólares, disponía de un ahorro en divisas con poder de compra internacional. Ese “efecto riqueza” de la valorización financiera confluye en acentuar, por un tiempo, la narrativa del éxito de la convertibilidad.  Hay que agregar, que el sector que disfrutó esa bonanza económica fue muy reducido, pero mediante la gigantesca proyección mediática (la bruma de los 90), se pudo instalar un imaginario donde todos los argentinos eran incluidos. Mucha gente que no viajó a Europa, que no disfruto la década del noventa, que no pudo comprar objetos suntuosos de producción extranjera recuerda aquellos años como “los años en que todos podíamos ir a Europa”. La cuestión es que a medida que avanzaban los años y los efectos de la destrucción de la economía real se iban acentuando, cada vez fueron menos los argentinos que vivieron el espejismo del efecto riqueza. La bruma se empezó a disipar.

Por otro lado, la narrativa de la modernización se articulaba sobre cierto prejuicio de atraso tecnológico argentino y venía a sostener que, durante el menemismo, gracias a la apertura, Argentina se puso a la par tecnológica del mundo, porque se podía importar todo gracias al valor internacional del peso. No son pocos los que recuerdan casos de algunas empresas que pudieron importar tecnología. La realidad es que, al tener altísimos costos internos en dólares, cualquier producción extranjera era barata, lo que generaba una insalvable distorsión económica. Las empresas que no se fundieron, cerraron sus líneas de producción para importar productos finales aprovechando la red comercial que tenían. A su vez las empresas que no cerraron y pudieron traer bienes de capital de última generación para mejorar y perfeccionar su capacidad productiva, se encontraban que, gracias al tipo de cambio, cualquier otra fábrica en el mundo, con tecnología más atrasada y mano de obra menos capacitada era más competitiva. En el mejor de los casos, los empresarios que podían apagaron las máquinas y esperaron un cambio de régimen para poder producir. Cuando lo hicieron, la tecnología innovadora ya no era nueva. Hay muchos ejemplos, por ejemplo Editorial Perfil en los 90 adquirió una de las primeras y más novedosas rotativas de diarios capaz de imprimir a color (en ese momento todos los diarios salían solo en blanco y negro), pero durante toda la década no la pudo usar por el alto costo argentino de materia prima, energía y mano de obra. Durante todo el periodo, perfil como otras editoriales mandaban a imprimir a chile. Cuando pudo empezar a producir la maquinaria ya tenía 10 años de atraso tecnológico. Historias semejantes se repiten en la industria textil, metalúrgica y todos los sectores que luego del menemismo pudieron retomar la producción. Pasada la “modernización menemista” todo era más viejo y atrasado.

Al mismo tiempo, esta narrativa de modernización traccionaba para sí, cualquier novedad tecnológica concurrente de la época. Así se sostenía por ejemplo que los televisores de pantalla plana llegaron al país gracias a la apertura, cuando no existían antes de este periodo. Lo mismo ocurría con muchos productos de uso doméstico, innovaciones del periodo y que, en realidad, guardaban relación con el avance de la microelectrónica. Para esos años los costos de producción de tecnología de uso masivo registraron una formidable reducción lo que habilitó un mercado de consumo inédito. Eso fue un fenómeno mundial que no tuvo ninguna relación con las políticas liberales argentinas. Al contrario, gracias a ellas, argentina quedó fuera del tren de la producción en ese mercado. Antes del menemismo el país tenía empresas capaces de desarrollo de productos tecnológicos de uso masivo (tal era el caso de la empresa Tonomac, de producía radios a transistores con diseño argentino o la empresa CIFRA, que fabricaba calculadoras solo por dar algunos ejemplos), después de la modernización menemista eso fue imposible.

Hay que observar como el centro de percepción de lo moderno estaba dado, dentro de estas narrativas, en el individuo que consume, y no en la sociedad que produce. No es la capacidad de consumo de objetos modernos lo que moderniza a una sociedad, sino su capacidad de producir con métodos y tecnología moderna, objetos modernos. Así como la riqueza se produce, la modernidad también.

 

La explicación cultural.

El gran desafío de estos discursos era sostener que todo estaba bien, cuando todo estaba mal. La tasa de desocupación aumentaba a niveles inéditos, las fábricas quebraban una tras otra, se empezaba a instalar la recesión que explotaría en 2001. Y sucedió algo que hoy también se percibe, que es la informalización. Muchos sectores de la economía formal, frente la caída de la rentabilidad y la baja del consumo, no solo reducen su actividad económica, sino que empiezan a informalizar aspectos de su actividad para recuperar algún margen de ganancia, o bien sostenerse dentro de un esquema de supervivencia. Hace poco escuchaba a un representante del gremio de panaderos contando que muchos panaderos que hoy cierran sus negocios (se funden) continúan su actividad de manera informal. Hay que agregar, que ya no como empresarios, sino como sobrevivientes, siguen haciendo pan, pero no para enriquecerse como lo haría un capitalista, sino para sobrevivir como lo haría un campesino del siglo XVIII. Esto que sucede hoy, sucedía también en los 90. Estas realidades deben ser disimuladas o negadas por los discursos legitimantes. Aquí aparece una novedad narrativa de la década del 90, que es la explicación cultural. La caída del consumo era subordinada a una suerte de cambio de patrones culturales de consumo. La gente ya no quería consumir o consumía otra cosa en algún mercado que desconocemos, no era que no tenían plata.  A su vez, la informalidad, convertida en evasión fiscal, se definía como una costumbre argentina de no pagar impuestos. Cuando los impuestos que se evadían no existían antes de este periodo (el IVA por ejemplo antes de los 90 tenia una alícuota muy inferior y no alcanzaba a los alimentos). En la televisión aparecían los grandes empresarios, quienes se quejaban de los impuestos, lo que contribuía a la imagen del empresario que se enriquece evadiendo, pero la DGI (despues AFIP, hoy ARCA) perseguía a los panaderos que producían en negro para sobrevivir.


Los supermercados, las grandes superficies y la experiencia de consumo.

Un ejemplo de la explicación cultural para la crisis económica lo podemos encontrar hoy, cuando los devastadores efectos de la caída del salario se traducen en una formidable reducción del consumo. Esto es notable en todos los indicadores de cuanta cámara privada de comercio argentina quiera consultarse. Pero en las cadenas de supermercados se acusa una crisis de consumo insalvable. Al gobierno por su naturaleza afín a todo gran capital extranjero le cuesta desautorizar a Carrefour como a cualquier cámara privada argentina. No es lo mismo pelearse con CAME que con una multinacional francesa. Entonces se habilita una batería de razonamientos retorcidos que vienen a explicar porque hoy la gente no va al supermercado. Se habla de una crisis de las grandes superficies. El consumo en grandes supermercados se alimentaba de cierta experiencia de compra, donde las familias iban el domingo a pasar la mañana al supermercado y compraban gran cantidad de productos. El mayor día de venta de los supermercados es justamente el domingo. Así, la experiencia de compra del supermercado implica un recorrido donde los productos de necesidades básicas están rodeados de otros productos no tan necesarios pero que forman parte de la oferta del supermercado.


La disposición de las góndolas justamente está armada para producir este recorrido donde los alimentos siempre se encuentran al final. Las familias van al supermercado a comprar comida y terminaban comprando muchas cosas más. Esta cultura de consumo es muy interesante para pensar, primero porque explica la existencia de una clase media y segundo porque define un universo de consumo familiar. Podríamos incluso decir que esta experiencia de consumo es exclusiva de la clase media. Ahora, según los propagandistas libertarios, esta experiencia ya no existe, las familias ya no van al supermercado, ahora compran todo por internet, incluso algunos hasta llegan a sostener que ya no existen familias (faltaría que admitan que están destruyendo a la clase media). y para sostener esto se muestran cifras récord de consumo por internet, pero el consumo por internet que se exhibe conforma una verdadera trampa estadística. Sucede primero que muchos de los productos que se compran por ese medio son infinitamente más caros que un paquete de arroz, por internet se compran celulares, computadoras, televisores, electrodomésticos, es decir que esta comparación mezcla consumos suntuosos de clases altas con consumos de necesidades básicas. Es decir, se mezclan objetos de distinto tipo y valor que, a su vez, implican distintos sujetos de consumo. Es como si yo tomará como consumo el costo de producción de las pirámides de Egipto para decir que los esclavos del faraón rompían récords de consumo. Cuando el inefable Luis Caputo ensayo esta explicación, desde CAME le respondieron que “nadie compra un kilo de carne por mercado libre”.

Lo que omite el análisis es que para poder acceder a esa experiencia de consumo es preciso disponer de un excedente de capacidad de compra, que es lo que convierte a la compra puntual en un tour de compras. Si las familias tienen lo justo para sobrevivir, si apenas pueden comprar un paquete de fideos no tiene sentido que vayan a recorrer grandes superficies para ver una oferta de productos a la que no pueden acceder. Cuando se observa que antes del gobierno libertario, la gente si iba a las grandes superficies, se argumenta que eso se debía a cierto miedo a la inflación. Según ese razonamiento las familias hacían compras compulsivas a principio de mes para stockearse frente a las descontroladas subas de precios. Esto sigue omitiendo la principal condición del tour de compras: la capacidad adquisitiva excedente. Si la gente podía stockerase es porque tenía capacidad de compra. Y por otro lado, como vimos, el consumo de las grandes superficies no es en absoluto una experiencia de formación de stock familiar.

 

La subjetividad como trampa y la velocidad de la información.

Veo un fuerte contraste entre los discursos del gobierno libertario y la bruma de los 90. El menemismo conformaba un imaginario en muchos sentidos coherente mientras que el régimen libertario conforma un cuerpo caótico y más de un sentido absolutamente contradictorio. Los libertarios están en contra del aborto pero proponen esterilizar pobres, hablan de libertad pero quieren levantar muros entre el conurbano y CABA, se vuelven despiadados deportadores de extranjeros pero quieren levantar todo límite para que los extranjeros puedan comprar tierras argentinas. Repiten que sacaron a 19 millones de personas de la pobreza cuando se registra el más bajo consumo de carne por persona de la historia argentina y millones de argentinos se endeudan para pagar gastos corrientes. Pareciera que los que ya no son pobres siguen viviendo como pobres, como si siguieran siendo pobres (ese podría ser incluso una explicación oficialista de porque habiendo sacado gente de la pobreza no aumentó la clase media). Ven comunistas en todos lados menos en China donde gobierna el partido comunista de 1945, y que además llevó a cabo muchas purgas de capitalistas y revoluciones culturales (COMUNISTAS). Hay un discurso en defensa de las fuerzas armadas, pero nunca en la historia los soldados tuvieron salarios más bajos. Se celebra la compra de aviones F16 y los pilotos ganan lo mismo que gana un chofer de Uber.

Cuando la realidad se vuelve demasiado evidente, desde el gobierno se apela a la descalificación absoluta y aumenta el grado de subjetividad del discurso. Cada vez es más lo que se encuentra fuera de todo registro y viene a explicar el bienestar imperceptible de la sociedad. Por ejemplo, en el caso de la caída de los salarios Milei llegó a decir que los trabajadores en negro ganaban mucho mejor que los trabajadores registrados y que eso era un dato del crecimiento económico. Puede que haya pilotos invisibles que ganen más que un chofer de Uber.


Algo absolutamente incomprobable. Siempre hay un otro, al que no conocemos y no podemos contactar, en una zona desconocida del país, que disfruta de las maravillas económicas del gobierno. La narrativa libertaria se convierte en un discurso demente.

Ahora, siendo que las políticas y sus resultados son exactamente los mismos que en los noventa. Siendo además que sus ejecutores y los intelectuales orgánicos que construyen los discursos legitimantes también son los mismos. Porque estos discursos son tan caóticos, tan desquiciados, tan ineficaces. Porque los libertarios deben apelar con tanta frecuencia a ese “fingir demencia”, cuando Menem podía “mentir primer mundo” sin que se le mueva un pelo. Y además podía hacerlo en frente a cualquier periodista sin la necesidad de tener solo entrevistas arregladas con periodistas bajo contrato. No se puede explicar eso solamente apelando a diferencias personales, de capacidades políticas e individuales. Tal vez la respuesta esté en algo que dije más arriba, la velocidad de la información hoy es mayor y no tiene el monopolio que tenía en los 90. Los millones de desocupados tienen redes sociales y pueden publicar su tragedia y ver en sus celulares a otros argentinos que están igual de mal. Hoy podemos ver por instagram el discurso de un empresario a sus trabajadores cuando les cuenta que tiene que cerrar por las consecuencias de las políticas económicas el gobierno. En los 90 eso no pasaba, la realidad tardaba mucho en llegar a registrarse, tuvieron que pasar 10 años para que la clase media se diera cuenta que estaba fuera de la fiesta, hoy ya sabe que comprar en el supermercado es un privilegio lejano. Y no es solo una percepción individual en controversia con el mandato mediático, es una percepción compartida a través de redes de comunicación que van más rápido que las mentiras de Clarín. En los 90 todo era más fácil de tapar, la bruma podía hacernos creer muchas mentiras. 

domingo, 16 de agosto de 2026

Sobre Monstruos y Ríos que brillan


Rio de Estrellas (
editado por Duma) es una prueba irrefutable de la actualidad y vigencia artística de dos verdaderas leyendas de la historieta argentina. Jorge Morhain y Horacio Lalia. Por el lado de Morhain, siento que debemos decir mucho, porque se ha dicho poco de este gran guionista de mil historias, presente en gran parte de las publicaciones argentinas de historietas, tanto en Columba, en Record, como en las publicaciones de esa, ahora tan lejana y tan idílicamente recordada, edad de Oro de la historieta argentina. Es que Morhain es uno de los guionistas, junto a Alfredo Grassi, más prolíficos y tal vez menos valorados de la historieta argentina. Especializado en la narrativa gauchesca Morhain se convirtió en uno de los escritores frecuentes de Columba, pero no solo escribiría ese género, perdido en el universo de seudónimos con el que Columba confundía a sus lectores, Morhain escribió todo y de todo. Al leer sus diálogos y sus textos nos encontramos con una escritura versátil, poética por momentos, sintética e informativa cuando es necesario, graciosa cuando la historia lo amerita. Morhain encuentra la palabra justa para cada personaje, y construye personajes entrañables como también villanos que nos obligan a pensar en las miserias humanas. Es que la narrativa de Morhain tiene mucho de Oesterheld, como el mismo suele decir “su maestro”, hay algo del debate sobre la naturaleza humana, tan presente en Oesterheld, presente también aquí, en las palabras de Rio de Estrellas.

Pero hay que decirlo, Rio de estrellas no es una historia sobre la naturaleza humana, ni mucho menos algún tipo de introspección psicológica sobre el ser. No. Es una historieta de aventuras, de las que hace un tiempo parecen mala palabra. Tan preocupados que estamos por debatir el mundo en las cosas pequeñas, tal vez para creernos que hacemos grandes cosas cuando solo hacemos cosas pequeñas, empezamos a mirar con malos ojos a todo aquello que no pretende debatir el mundo. Mientras escribo esto viene a mi mente un texto de Susan Sontag llamado “Contra la interpretación” donde se preguntaba porque tenemos que tener una interpretación de todo, porque no podemos disfrutar una estructura narrativa por la ejecución misma de sus formas. Porque no podemos disfrutar de las cosas por las cosas mismas y debemos, en cambio, buscar en otro lugar (ideológico, cultural, intelectual o ético), un sentido, una correspondencia simbólica que habilite algún tipo de placer de lectura. La literatura de aventura nos expone a ese dilema, no se trata de saber que representa D’artagnan, sino de disfrutar su historia, de entenderla. De seguir su devenir, de conocer sus personajes, entenderlos, de exponernos a sus acontecimientos, de comprender ese mundo. La comprensión es también una forma de placer.

Pero, aunque no cuestionemos al mundo, el mundo está ahí, en todo lo que hacemos, y hay un mundo en Rio de estrellas. Y ese mundo nos llega con la mediación de otro grande, de Horacio Lalia. ¿y qué podemos decir del dibujante de Nekrodamus, del maestro del terror? Un número fijo en las grandes épocas de la Revista Skorpio. ¿Quién no leyó una Skorpio, empezado por “la historieta de Lalia”? Dueño de un estilo y una personalidad grafica única, Lalia es Lalia. Podemos reconocer un dibujo suyo en cualquier lado. Sus rostros, sus escenarios, esas manchas de tintas, ese manejo de la expresividad del trazo, del accidente de pincel, dentro de un orden grafico siempre eficiente en lo narrativo. Lalia no le pifia nunca.


Ser un maestro supone tener el dominio de un conjunto de herramientas y saber usarlas en el momento justo, ahorrando energía y recursos, usando el efecto correcto en el momento correcto. La mayor dificultad radica en esto último, se trata de entender el juego completo, de captar la totalidad para desde ahí administrar los recursos narrativos (gráficos) en función de la historia. Un dibujante de historietas es tal cuando es capaz de captar las intenciones del guionista, de comprender la historia que debe contar para poder desde ahí, manejar los tiempos, los climas y los matices que resultan de los distintos enfoques y secuencias. El género de Terror suma a esta dificultad su estricta dependencia de estos recursos. Es que el terror requiere una economía de recursos más precisa, ¿cuándo subir desde lo grafico la tensión dramática? ¿Cuándo generar suspenso y misterio? ¿que mostrar y que ocultar? ¿Cuándo el dibujo debe volverse lúgubre y oscuro? ¿Cuándo la mancha de oscura tinta debe oscurecer la historia? ¿Cómo narrar la muerte y el espanto? Lo sabe un maestro del terror, lo sabe Lalia. Y no le pifia nunca.

Del encuentro de estos grandes autores sale rio de estrellas, una historieta que nos cuenta Morhain, fue presentada inicialmente a Editorial Columba, en su última y penosa etapa. Fue aprobaba sin dibujante asignado pero la debacle de la legendaria editorial dejo al asunto incierto. Muchos años después junto a Lalia, Morhain retoma esta historia que empieza en un pueblito perdido en medio de la selva llamado Hachaí, una palabra inventada (un neologismo para ser elegante) que combina modismos Guaraníes con palabras castellanas. Y cosas extrañas suceden allí. Un montón de estrellas cayeron al rio, iluminándolo en la profundidad. Y mientras el rio brilla, Gracielina huye del burdel. Le han prometido una vida, una casa, un hogar, su príncipe azul la espera al otro lado del rio. Pero el príncipe no es tan príncipe y Gracielina, apuñalada, cae a la oscuridad, al rio de estrellas. Esa misma noche, unos científicos llegan al pueblo, con aparatos desconocidos, acentos extraños y nombres comunes, para estudiar animales y plantas, dicen. Todo se enrarece en Hachaí y de a poco empezamos a ver a los seres que vienen del más allá. Y vamos entendiendo la presencia de estos extraños científicos que de a poco se van integrando a la vida este pequeño pueblo rural. Hay mucho de Lovecraft en estas páginas y mucho también de la escuela de Oesterheld.


Personajes humanos, torpes, audaces, con coraje y cobardía en un mundo cotidiano que se va mezclando con estos misteriosos seres del espacio exterior, que parecen insensibles, que están tan lejos de todo lo humano.  Y también hay monstruos del espacio exterior y de las profundidades de la tierra. Pero son monstruos que actúan por instinto, con racionalidad, la racionalidad de los animales, que buscan sobrevivir y reproducirse. Es uno de los grandes meritos de esta historia, porque a diferencia de los monstruos a los que nos tiene acostumbrados hoy el cine y la televisión, llenos de maldad, portadores de odios irracionales y en busca de la aniquilación del otro, alteridades absolutas en un mundo que parece cada vez más intolerante, estos monstros que escribe Morhain, solo cumplen su ciclo vital, no son ni buenos ni malos, solo son. No hay razón ni moral en el animal que mata para sobrevivir, solo la lógica de supervivencia. El otro gran merito que encuentro es el enorme calor humano de los personajes, esa Carmen, la dueña del burdel, es un personaje entrañable, deformando palabras, preocupada por sus "chicas", ávida de nuevos negocios, y entendiendo mucho más de lo que parece, mientras deforma palabras y nombres. Roldan, Bobote, Karim, Arzumendi, personajes transparentes que desde sus limitaciones y sus circunstancias nos reflejan mucho de lo que somos. También hay monstruos humanos, seres despiadados cuyos actos no responden a la supervivencia, sino a la avaricia y el poder. Y es que no todos los monstruos vienen del más allá.

domingo, 9 de agosto de 2026

Cementerios virtuales.

 

Facebook me avisa del cumpleaños de “F”, hace mucho que no tengo contacto con él. En realidad, nunca tuve un contacto verdadero, “F” era un amigo virtual, una relación establecida a través de las sugerencias de Facebook. Teníamos intereses en común, hubo intervenciones en los muros de cada uno, se compartieron publicaciones, se intercambiaron algunos comentarios, pero nada más de eso. Hoy cuando me avisa de su cumpleaños exploró su muro después de mucho tiempo para saludarlo, y veo que las últimas publicaciones que hay allí son, justamente, saludos de cumpleaños, de varios años anteriores. Ninguna publicación propia, ni reposteos ni comentarios de estado. Reviso más atrás y encuentro un posteo donde alguien en uso de la cuenta de “F” anuncia el fallecimiento de “F”. Situaciones como esta empiezan a repetirse, muros inactivos de usuarios que fallecen, muros que quedan con actividades anteriores, con publicaciones, fotos, comentarios, reposteos ocasionales de lejanas relaciones y acontecimientos, pero que van acumulando publicaciones sugeridas por Facebook. Los saludos de cumpleaños se acumulan, a veces incorporando un “saludo al cielo” o comentarios conmemorativos. La inactividad de cuentas virtuales, de usuarios de distintas plataformas no es algo nuevo, como tampoco lo es el abandono de espacios virtuales o las páginas de internet que quedan colgadas como testimonios de algún proyecto comunicacional o comercial abandonado. La novedad es que estas páginas de usuarios, las redes, establecen un vínculo personal que los convierte en una suerte de representación misma de la persona y a la vez exhibe un avance de lo virtual sobre la realidad, y en el caso del fallecimiento de un usuario, esto cobra un particular contraste. Es un fenómeno que creo merece alguna reflexión antropológica.    

 

La era del punto com

 

La primera época de internet estaba marcada por la incógnita y la novedad. La novedad de un nuevo y rápido modo de comunicación y la incógnita de no saber exactamente qué función cumpliría ese modo de comunicación y cómo generaría dinero. Lo primero que circuló por internet fueron textos y la primera forma de publicación virtual fue la primitiva páginas internet, la pagina web. En su mayoría estás páginas pertenecían a empresas o instituciones. Solía decir Bill Gates en aquellos años, que la internet era el más democrático de los mundos porque una página de internet le cuesta lo mismo a una gran empresa que a una pequeña. Las páginas web expresan la forma más pura de la realidad de la red. Poner una página implica pagar un hosting, (un servidor donde se aloja la información de la página y al cual se dirige las PC a la hora de leer) y un dominio (que no es otra cosa que la dirección). La internet se compone de estas páginas, los navegadores y los buscadores son los medios que instrumentan y organizan esa experiencia para encontrarlas. Lo importante aquí es que la internet inicial solo ofrecía estas páginas para ver. Era un mundo inconexo de textos para leer.

 

Ahora toda esa experiencia inicial cierra de algún modo el círculo de lo que se llamó la burbuja “punto com”, volvemos al punto inicial de la incógnita. Realmente en este momento no estaba muy claro cuál sería el modelo de negocio que daría la Internet, pero había muchas expectativas. El Nasdaq, que es mercado bursátil que inventaron en Estados Unidos para articular las inversiones públicas y privadas en el desarrollo tecnológico y cuyo centro de poder podemos ubicar en Silicon Valley, se empezó a llenar de inversionistas de riesgo, las acciones de las startup con dominios “punto com” volaron por las nubes. Cualquier empresa que tuviera un “punto com” tenía un activo bursátil para capitalizar en el NASDAQ, pero con el tiempo la realidad de un negocio que no guardaba relación con una realidad material que capitalizar se desplomó. La burbuja punto com se basaba en el registro justamente de los dominios, que era lo que se compraba y vendía en las operaciones del NASDAQ, con la especulación de que en algún momento y de alguna manera eso iba a generar ganancias. Como en toda burbuja financiera el dinero circulaba sobre el vacío.  Esto duró entre 1994 y 2002, cuando las empresas de tecnología tuvieron que responder por todas las inversiones que recibieron y no pudieron hacerlo. Se produjo un sin fin de quiebras, desaparecieron los activos tóxicos y quedó una suerte de depuración del mercado y tomó fuerza el segundo modelo de página de internet, los portales.

 

 

La era de los portales.

 

 

Podríamos distinguir entre dos tipos de portales, los “portales contenido”, que eran espacios donde se subían artículos, fotos y más tarde videos. Guardan cierta relación con la página institucional solo que no pertenecía a una institución o empresa. Se trata de un espacio más próximo a una publicación de interés general, no podía ser asimilada a la forma de propaganda, sino que tiene más relación con la una forma periodística, era una suerte de diario virtual. Un espacio donde uno iba a buscar información, contenido de interés.


Por otro lado, los “portales plataforma” tenían las mismas características de los portales contenido, pero incorporan los foros y otro tipo de servicios, como era específicamente las casillas de mail. Aquí ya podíamos encontrar Yahoo y más tarde Google. Es importante observar cómo se empieza a transformar la experiencia de internet, desde una experiencia de lectura que era la navegación inicial, primero se agrega la participación (a través de los foros, cómo veremos más adelante) y luego el servicio (la casilla de mail), es decir la navegación empieza a establecer otro tipo de relación con el usuario de internet.

 

Los foros eran espacios donde los usuarios podían interactuar entre sí. Ya sea comentado las notas o en espacios puros de internación donde había “salas temáticas” dedicadas a temas de interés, en muchas ocasiones propuestos por los mismos usuarios. Entre este tipo de portales recuerdo como los más famosos “el sitio” o “Terra” pero había más, “Taringa” entraría dentro de esta categoría. Aquí ya empieza a cobrar forma la figura del usuario, que debía loguearse ya sea para participar de los foros temáticos o en los foros de las publicaciones.  La figura del usuario y su registro en el portal, así como su participación serán clave para el desarrollo posterior de la red.

 

La red de redes, la internet de los usuarios.

 

Excede mí intención en esta nota, pero la incorporación de los celulares inteligentes sin duda crea una nueva fase de la internet donde la participación del usuario se consolida y se transforma radicalmente la experiencia de internet, algo ya he analizado en una nota anterior. Lo importante aquí es que el derrotero que va de la lectura de textos, a la participación activa y luego el servicio de comunicación (los mails), lleva a un nuevo servicio que es el de ofrecer espacios de publicación. Así aparece el servicio del blogspot (también podemos hablar de YouTube). Fundado en 1999, por dos desarrolladores norteamericanos, Evan Williams y Meg Houritan, que fundaron la empresa Pyra Labs. Blogger le ofrecía al usuario un espacio donde publicar textos sin necesidad de tener conocimientos de ningún lenguaje de programación. Eran páginas con formatos pre armados donde uno solo tenía que publicar los textos, imágenes y también se podían vincular videos desde otras plataformas. La historia de Pyra Labs responde a lo que comenté más arriba sobre la incógnita de internet. La empresa enfrentó una crisis económica en tanto se acabaron las inversiones iniciales, ya que, al no haber encontrado un modelo de negocio, no podía responder frente a sus inversionistas y a sus propios empleados. Se intentó incluir un plan pro, donde se le agregaba al servicio algunas opciones más, pero no resultó, hubo una huelga y Blogger en manos de Williams se convirtió en una suerte de proyecto fantasma. Hasta que finalmente la empresa termina siendo adquirida por Google, que la incorpora a su modelo global de negocio, donde un conjunto de servicios gratuitos vinculados se ofrece a cambio de la participación en la red. Podríamos decir, y no creo ser muy original en esta idea, que la internet actual, el mundo de la red, produce usuarios. Está producción de usuarios desemboca en una sociedad virtual, a la que, por supuesto, le suceden muertes virtuales.

 

La internet de las cosas olvidadas.

 

Llegamos por fin a esta internet de usuarios, que es el mundo de las redes. Aquí lo que circula es el contenido que los usuarios suben a la red. Y en un sentido aún más profundo, los usuarios mismos. El mundo de la red hoy es un mundo de usuarios, de sujetos virtuales que interactúan entre sí, que comparten, repiten, comentan, publican, se trata de una sociedad virtual. Uno, a veces, va a las redes en busca de sujetos, usuarios a quienes seguir, este es el mundo de los influencers y los productores de contenido. Alrededor de todo esto están las páginas institucionales, las apps de servicios y contrabandeada en medio del algoritmo, está el verdadero negocio de la red: la publicidad, que se instrumenta desde las plataformas. El varadero poder de la red está justamente en el control de la plataforma, de las publicaciones que circulan y los usuarios que ofrece, en otras palabras, el poder hoy está en el privilegio de circulación. No hay que ser muy astuto para darse cuenta que mezclado entre las sugerencias estadísticas de intereses que produce el algoritmo, se introducen publicaciones que no responden al mismo. Es lo que la red quiere que veamos.

 

Pero volviendo al tema que motiva esta nota, llego aquí al corazón de este humilde análisis, por qué es esta nueva dinámica de la red lo que permite el fenómeno de los cementerios virtuales. Ya que su mecanismo de funcionamiento requiere que existan espacios para los usuarios, es el precio que pagan las redes por nuestra atención. Entonces se presentan estos espacios de publicación que permanecen mientras no demos de baja las publicaciones o bien las cuentas en sí. Blogger ofrece un buen ejemplo de esto. El modelo de publicación que ofrece ha pasado un poco de moda y la fiebre de blogs que en algún momento hubo terminó dejando un sin fin de blogs abandonados. Se puede ver en los links de este mismo blog una enorme cantidad de blogs abandonados cuyas últimas publicaciones datan de muchos años atrás. Aquí estaría el primer gran cementerio virtual. Las paginas de internet de la época anterior se bajaban en tanto uno dejara de renovar el domino o de pagar el hosting, estos espacios de usuarios no. Google sigue dejando en línea los blogs, aunque sus creadores ya no estén.

 

El segundo y tal vez más complejo son los perfiles de usuarios que han fallecido. Aquí hay una diferencia sobre los blogs, ya que se trata en este punto de cuentas de usuarios y no de espacios de publicación (como serian Blogger o Youtube). Las redes de usuarios no son espacios de publicación, aunque contenga alguna forma de recipiente virtual, las cuentas de usuarios en las redes son formas de existencia virtual. Al abrir una cuenta en Instagram o X, uno lo que hace es empezar a existir en la red y una vez allí interactúa con las reglas que la red propone.

Pero ante la inactivad (ya sea por desinterés o deceso) se presenta un dilema. Porque parte de la valoración de las plataformas de usuarios depende de la cantidad de usuarios que tengan y depurar las cuentas inactivas o de personas fallecidas implicaría de alguna manera reducir justamente el número de usuarios y por tanto el valor de la plataforma. Pero el otro riesgo es encontrar una red vacía, llena de cuentas sin actividad que permanecen como casas abandonadas. Al gran peligro para el futuro de las redes que era quedarse sin usuarios activos hoy se le puede sumar el peligro de quedase sin usuarios vivos. Hace algunos años alguien hubiese dicho que esto es un debate irrelevante porque las cuentas personales de cualquier red social tenia muy poco valor, y bien podía ser una moda pasajera. Pero hoy cuando ya varias generaciones han atravesado buena parte de vida en la red, y cuando autoridades públicas como privadas revisan el Facebook de los empleados para conocerlos, y gran parte de la información que circula lo hace a través de las redes, el tema cobra otro valor. La salud y el futuro de cualquier red implicaría de alguna manera, depurar y evitar la multiplicación de cuentas inactivas (ya sea por desinterés o por deceso del usuario). 

La inactivad es fácil de detectar por los mecanismos de la red, pero el motivo es lo difícil. El problema del desinterés obliga a los diseñadores de red a innovar permanente para adaptarse ya sea a los nuevos intereses como a las nuevas costumbres de sus usuarios, incorporase a las nuevas tecnologías (un buen ejemplo de esto es como Facebook ha conseguido pasar desde el mundo de la navegación de pc de escritorio a la navegación de celulares inteligentes). Pero si el motivo es el deceso, la red enfrenta otros problemas, pues debería tener información por fuera de su entono. Información del mundo real. El padrón de decesos. Hasta ahora la manera es que algún familiar de la persona fallecida informe a la plataforma y aporte pruebas del fallecimiento. En el caso de Facebook, la cuenta de usuario toma la forma de cuenta homenaje. Pero la forma más precisa sería posible a partir de un cruce directo con instituciones estatales, es decir, que, a partir de algún contacto con los registros nacionales, se den bajas automáticas de usuarios. Pero esto convertiría a la red, de alguna manera, en un organismo estatal. Y queda por preguntarse qué tan lejos están realmente las redes de ser un organismo estatal.

 

domingo, 2 de agosto de 2026

Las trampas del debate. Un país de escritorio.

 


Un lugar común de los economistas del campo popular cuando se les pregunta sobre el actual rumbo económico es cierta apelación a la reflexión social que puede sintetizarse en la pregunta de “qué país queremos”. Con ese ardid los economistas se introducen en el tema sobre los modelos económicos y sus consecuencias. Entonces aparece la figura del “modelo” y finalmente se llega al dilema de tener que elegir “un modelo de país”. Está formulación está presente también en muchos políticos del campo popular, de hecho, fue la misma Cristina Kirchner que varias veces ha recurrido a la figura de la elección entre modelos para caracterizar una elección de gobierno. Pero es realmente correcto hablar de elecciones o decisiones sobre modelos económicos, es realmente eso lo que está en juego o resulta ser una trampa del debate cuyo resultado es neutralizar toda posible transformación.

 

Un laboratorio de países.

 

El tema de reducir el debate político a una elección entre modelos es que enmascara el universo de transformaciones que implica todo proceso político. Y peor aún, para el campo popular, oculta la verdadera historia económica del país, donde el liberalismo ha reinado con escasas y breves interrupciones. Se terminan dando graves concesiones a la derecha, como sostener que el ISI (Industrialización por Sustitución de Importaciones) haya sido un modelo de desarrollo de comparable aplicación con las políticas liberales, cuando apenas fue el resultado de la interrupción del comercio internacional debido a las dos guerras mundiales, fue una política económica sin una articulación completa hacia una política industrial. Terminamos aceptando la mentira de que Argentina fue alguna vez proteccionista o intentó un modelo alternativo al liberalismo económico, cuando en rigor nunca fue así.

 

Se niega la realidad del país que ya somos, con el desarrollo que ya tenemos y los desequilibrios por resolver, para entrar a un debate de laboratorio sobre una supuesta inserción en el mundo, donde uno podría sin ningún tipo de limitaciones elegir su lugar, como si alcanzara con decir para donde ir para que las realidades económicas se desenvuelvan. Al otro extremo, se plantean tantas limitaciones imaginarias que solo queda un lugar posible, el de exportadores de materias primas e importadores de todo, y para eso resulta necesario destruir el desarrollo que ya tenemos.

 

La pregunta real no es qué país queremos, sino que país necesitamos y qué país tenemos, para poder pensar un plan que aproxime el país que tenemos con el que necesitamos. Todo se construye desde lo que ya hay, por eso es prioridad conocer el detalle del actual desarrollo y sus desequilibrios. Aquí es donde empiezan los problemas.

 

Los economistas de derecha menosprecian con un odio tan abiertamente antiargentino todo lo que existe en nuestra patria y solo aceptan una inserción en el mundo como siervos del poder internacional de turno, ya sea Inglaterra, Estados Unidos o China. Por otro lado, los economistas del campo popular parecen coincidir en muchos aspectos de esa inserción, pero con cierta culpa por lo que genera en el país, entonces la solución se presenta como un “estado presente” que venga a compensar un poco del desastre de desigualdad y pobreza. Y aquí empieza a notarse una falta de conocimiento del nivel de desarrollo nacional y su potencial. Como diría Jauretche, a los primeros les falta patria para pensar desde el país al mundo y a los segundos les falta patria para conocer a fondo el país que somos. En ambos casos terminan jugando al juego de desequilibrios, tan conveniente para el capital extranjero y que tan dañino es para el desarrollo.

 

Ningún país sale de un escritorio, es el resultado de disputas y luchas, pero requiere una conducción con un profundo conocimiento de las capacidades, debilidades y desarrollos. Para poder mejorar lo que ya hay y sumar lo que falta.

 

 

Conocer el territorio.

 

Una de las grandes diferencias entre los planes de la derecha y la izquierda (aunque como se habrá notado, prefiero hablar de Campo popular), es que la derecha suele operar con un conocimiento más específico del territorio. Y en realidad no debería sorprendernos pues fueron ellos, quienes han digitado la estructura del país, desde el reparto de tierras a la ingeniería fiscal (qué impuestos pagamos, como se reparten y quienes los cobran) y todo el entramado jurídico. El país es desde sus inicios un proyecto liberal, por eso es un grave error aceptar pasivamente la trampa del debate de modelo. Para el campo popular no se trata de elegir qué modelo, sino de transformar, de cambiar el modelo de país que se diseñó desde 1810 y que encuentra en un gran número de políticos y funcionarios permanentes, liberales primero, y neoliberales después y libertarios ahora, el elenco estable del poder. Pero los liberales, y libertarios, construyen un discurso, una mentira, donde siempre son la excepción y vienen a reformar permanentemente el país que ellos mismos formaron. Como ejemplo de esto me alcanza con recordar apenas los 4 programas liberales recientes  que sucedieron casi uno a continuación del otro, la revolución libertadora (1955), el proceso de reorganización nacional (1976) , la reforma del estado de Menem y Cavallo (1990), y ahora “las ideas de la libertad” son todos exactamente el mismo programa liberal, neoliberal, hoy libertario que viene gobernando el país desde 1810 (con breves interrupciones) , y es, en todo sentido el varadero culpable de los mayores desequilibrios de nuestra economía y de la pobreza que ellos le adjudican a sus enemigos.

 

Ahora por el lado del campo popular, se evidencia un grave desconocimiento del mundo económico, es decir, del territorio, sobre el que se debe actuar. En parte porque los políticos del campo popular parecen haber aceptado gran parte de las mentiras liberales, y en otra parte porque el juego de contradicciones de las tradiciones de izquierda pareciera haberlos cargado de injustificados prejuicios sobre el funcionamiento económico y los actores. Esto genera que tengan un rechazo inconsciente a las capacidades nacionales y particularmente hacia el empresario argentino, a quien asimilan al terrateniente liberal, que es en realidad, su opuesto. Esto deriva en un torpe accionar sobre la realidad económica. No voy a explayarme más sobre este punto, pero cuando el campo popular interviene en la economía lo hace a destiempo, con herramientas confusas y en no pocas veces con resultados contraproducentes. En ocasiones hasta podemos encontrar políticos y economistas del campo popular, defendiendo el entramado fiscal creado por Martínez de Hoz y Cavallo (un régimen regresivo que tiene sobre la mayor carga fiscal sobre el trabajo y la producción industrial y favorece escandalosamente al capital extranjero). Del mismo modo la elevada informalidad no puede ser entendida como una cultura de la evasión (prejuicio casi extranjero, con un fuerte contenido de desprecio hacia los argentinos), sino el resultado de una ingeniería fiscal que carga sobre la actividad y no sobre la ganancia. Es preciso una profunda reflexión sobre las formas de intervención económica y como estas deben orientarse a transformar el país liberal que tantas desigualdades genera. Para esto es importante no caer en las trampas del debate y reconocer el verdadero y profundo funcionamiento de la economía argentina y sus actores. El campo popular nos debe un profundo plan de reformas económicas orientadas a defender a los argentinos, sus capacidades, sus talentos, sus esfuerzos y para ello es preciso terminar con el régimen liberal (y anti argentino) que padecemos desde el inicio de nuestra historia.