domingo, 13 de septiembre de 2026

Desinformación desde abajo.

 


Se ha dicho en este espacio, con repetida frecuencia, que los medios de comunicación operan en la construcción de realidades, instalan ideas, sentidos y producen cultura. Eso sí, esa producción de cultura sucede dentro de un mecanismo más complejo, donde participan también otros actores (las instituciones en todas sus formas estatales, privadas o sociales, y los mercados culturales, el arte, las manifestaciones sociales). El segundo movimiento de este poder de los medios sobre la producción de realidad, es el descubrimiento, de que los medios no son inocentes sobre la realidad que producen, tienen intereses económicos que se traducen en ideologías políticas, líneas editoriales. El tercer movimiento es comprender que los medios, cuando responden a sus intereses: mienten. Ocultan hechos, deforman la información que presentan, esconden contextos, censuran opiniones y voces. La famosa frase del Goebbels, el líder de la propaganda Nazi era “miente, miente y algo quedara”, lo que siempre hay que tener en cuenta es que cuando Goebbels habla de mentir, el emisor de la mentira, el que mentía para que algo quede, eran los medios, era el diario, la radio, el cine, y más tarde la televisión. Y lo que quedaba es una cultura construida con mentiras.

 

Planteados ya estos postulados iniciales, quiero avanzar ahora, pensado a los medios de comunicación ya como herramientas dentro de algo que podemos llamar estrategias de engaño, cuyo fin es la desinformación, una desinformación intencionada y dirigida hacia ciertos objetivos económicos y políticos. Así voy a plantear tres modelos de desinformación. El modelo fascista, que se origina dentro de los gobiernos fascistas (Mussollini y Hitler); un segundo modelo, modelo de transición, que hace pie en las narrativas de conspiración, pero que se vincula con un largo recorrido histórico y reconfigura al sujeto receptor y, por último, el modelo viral que sería el mecanismo actual para las estrategias de desinformación.

 

El modelo Fascista.

 

Es sabido que Guillermo Marconi (1874 - 1937) a quien se atribuye la intención de la radio fue un asiduo militante del régimen fascista de Mussolini y una de las novedades históricas del fascismo fue justamente la incorporación de la radio como instrumento de propaganda política, junto con la prensa gráfica y el sistema educativo más el resto de las instituciones estatales, el fascismo italiano construyó un régimen perfecto de desinformación y propaganda.


Ese sistema perfecto de circulación de contenidos tóxicos (mentiras) fue después o casi simultáneamente perfeccionado por el nazismo, que incorporó el cine. El nazismo es históricamente contemporáneo al fascismo, pero le es deudor de algunas de sus prácticas comunicacionales.

 

Ahora bien, mucho antes de la llegada de la radio y el cine, las noticias (información, o contenido) circulaban por dos vías. Lo que podríamos llamar circulación de comunicación oral, un “boca en boca” de distintos sujetos, y el otro camino fue la circulación de textos. La oralidad no nos introduce aún a una ciencia de la comunicación, pero sí, a una idea de transmisión más lenta del mensaje, ya que tiene que pasar de sujeto a sujeto para poder abarcar una población. Esto empieza a cambiar con la llegada de lo que llamamos, ahora sí, medios masivos de comunicación.

 

La prensa gráfica introduce mayor velocidad relativa a la circulación de textos, que antes de la reproducción técnica, se transcribían a mano y su circulación estaba restringida a quienes podían leer y podían acceder a los manuscritos. A esto hay que sumarle una mediación logística, el mecanismo con el cual el soporte físico del texto pasaba de mano en mano. El primer paso entonces es la reproducción técnica de un texto, primero el libro, luego la reproducción a gran escala, la prensa, el diario, que además involucra una sistematización de la logística de distribución, lo que reduce el tiempo de llegada. La radio introduce a esta realidad, mayor velocidad relativa. Acá tenemos la primer variable a tener en cuenta en todo este recorrido que propongo, la velocidad del contenido tóxico.

 

La segunda variable es la centralidad, la principal característica del modelo fascista de desinformación es que responde a un mecanismo centralizado de producción de contenidos tóxicos y un actor específico que lo coordina, el estado fascista. Así funcionaba el fascismo con sus ministros de propaganda, que producen las líneas generales de interpretación de realidad y los hechos que debían ser contados o deformados para acomodar la percepción social a la ideología del partido. Es importante aquí, observar que el esquema de comunicación es de un único emisor y millones de receptores, incluso si la propaganda se emite por distintos medios (radio, prensa, cine) el emisor era siempre el mismo (el estado fascista). Hay que observar que se trata de un modelo desde arriba, la desinformación viene siempre desde un poder concentrado con control de recursos y medios y con una coordinación central de los contenidos que funcionan como un todo.

 

Luego de la segunda guerra mundial, los medios de comunicación empezaron a disfrazarse de democracia, se introdujeron a la industria del entretenimiento, y empezaron a formar parte de un aparato privado, y en muchas ocasiones paraestatal de producción de ideología.

 

Modelo de transición y las narrativas de conspiración.

 

No es cierto, por otro lado, que la desinformación fuera propiedad de los medios de comunicación. Desde que existe la humanidad, existió la mentira y desde que existen las disputas sociales (políticas y económicas) existen también estrategias de desinformación. Voy a citar al menos dos ejemplos de campañas históricas de desinformación y engaño. La últimamente famosa “leyenda negra”, una narrativa auspiciada por el imperio inglés contra España. Y otra “Los protocolos de los sabios de Sion.”

 

En el primer caso una serie de textos (no necesariamente falsos) denunciaban los ultrajes de los conquistadores españoles en América. Estos ultrajes no eran menos graves o terribles que los que llevaron a cabos los ingleses, holandeses o franceses en África (donde además instauraron un sistema de esclavitud racial, cosa que los españoles no hicieron con las poblaciones americanas) pero estos textos sobre los ultrajes españoles fueron magnificados en el marco de las disputas imperiales. Inglaterra estaba jugando sus intereses en los territorios americanos e intervino en las disputas internas de España para llevar a cabo una campaña de difamación.  La historia de la leyenda negra puede iniciarse en el texto “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” escrito en 1542 por el fray Bartolomé de las Casas. Donde el fraile domínico describe críticamente las prácticas coloniales del imperio. El texto estaba dirigido a la corona española con el objetivo de cambiar las prácticas denunciadas. Tuvo como resultado un debate interno dentro de las autoridades reales y ese mismo año se promulgaron las “Nuevas leyes de Indias” que buscaban mitigar los excesos y abusos de los conquistadores. Sin embargo, el texto fue tomado por el imperio inglés, traducido y publicado en Inglaterra y Holanda y sirvió como propaganda anti española. Es importante observar aquí que su circulación estaba por fuera de los canales estatales (o en este momento reales) eran publicaciones privadas que se difunden con una indiferencia cómplice del estado.

 

En el segundo caso, un texto de dudosa procedencia, narra un misterioso encuentro de poderosas e influyentes personalidades de identidad desconocida, pero de conocido origen étnico (judío), donde elaboran un plan para del dominio mundial. El texto original data de 1902, fue confeccionado en la Rusia del zar Nicolás II, producto de la policía secreta al mando de Pyotr Rachkovsky que buscaba con la difusión del texto redirigir el descontento popular que había en la sociedad. Investigaciones posteriores demostraron que trataba de una reescritura de un folletín político francés escrito en 1864 por Maurice Joly cuyo título era “Diálogos en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, donde el autor criticaba a Napoleon III. La policía rusa cambió los nombres y lo publicó en un diario de ultraderecha llamado Znamya en 1903. Luego el texto empezó a circular en la Italia de Mussolini y funcionó como antesala de las narrativas estigmatizantes que luego justificaron las leyes raciales.


El texto tiene una supervivencia en el sentido durkheimiano. Autonomizada, exenta de su función original, circula aún, de manera irregular, entre sujetos de distintas nacionalidades. Por otro lado, el texto es un ejemplo claro de la estructura básica de toda teoría conspirativa, un grupo secreto de personas conspira contra el orden establecido, generando explicaciones a ciertos acontecimientos. Los hechos de la realidad entonces revelan una naturaleza oculta, siniestra, que responde al hacer de estos conspiradores.

 

Estás campañas de desinformación extraoficial, irregular empiezan a presentar elementos que requieren un análisis. Primero presentan una lógica de circulación descentralizada, el emisor del contenido no tiene un significativo poder de llegada, su capacidad de difusión depende de la acción multiplicadora del receptor, del boca en boca. Estos contenidos tóxicos circulan de persona en persona, son desinformaciones militadas por los sujetos receptores.

 

El primer dato, entonces, es la capilaridad de la información y el segundo es, que empieza a aparecer un consumidor interesado en el contenido. En el modelo fascista, el receptor es un sujeto indiferenciado, se desinforma a la sociedad, que funciona como un conjunto de receptores pasivos. En cambio, estas narrativas requieren de un individuo consumidor activo, que milita el contenido, que los difunde de manera irregular. Por eso es que estás narrativas tienen una sobrevida a su origen. Y al mismo tiempo tienen menos velocidad, ya que requieren la experiencia de consumo, el contenido debe ser interiorizado antes de circular y la circulación depende de los tiempos irregulares del boca en boca. Lo que tarda cada sujeto en encontrar un “otro” con quien compartir la información.

 

Existen pocos estudios sobre las teorías conspirativas, tal vez por su naturaleza apócrifa e irregular, nadie ha considerado que merezcan alguna atención científica. Recién luego de la pandemia, que parece haber habido cierto auge de estas narrativas, han empezado a interesar a algunos estudiosos. La psicóloga norteamericana Karen Douglas, ha realizado un interesante trabajo al respecto. Pero se ha centrado en los motivos psicológicos que llevan a los individuos a creer en estas teorías. Así habla de tres tipos de motivos, los motivos epistémicos, la necesidad de los individuos de conocer la verdad, de saber que ocurre detrás de los hechos conocidos. Luego están los motivos existenciales, que remiten a la necesidad de saber que hay una lógica detrás de las cosas que suceden, que no es todo azar, que alguien, aunque sea para el mal, está moviendo los hilos de las cosas. Y finalmente están los motivos sociales, que refieren a cierta necesidad de las personas de estar por encima de los demás. En este caso ese estar por encima tiene que ver con saber algo que los demás ignoran, el que cree en las teorías conspirativas creer sabe algo que los demás no, está libre del engaño y por tanto está por encima de los demás. No es parte del rebaño engañado.

 

Aunque en este caso no es central el análisis individual, si resulta necesario destacar este punto de la nueva naturaleza del receptor de la desinformación. Aquí hay individuos diferenciados que establecen una relación personal con el contenido tóxico.

 

El modelo de transición se caracteriza por una indefinición de los mecanismos de circulación y de los actores interesados en la desinformación. Hay que tener en cuenta que luego de las experiencias del fascismo y el nazismo, la sociedad civil comenzó a formar mecanismos institucionales para el control de la propaganda estatal y articular, a su vez, mecanismos de control sobre la comunicación privada. Pero los sectores políticos que hacían uso del estado para sus intereses viraron a mecanismos difusos de propaganda a través de los medios. Estos mecanismos se disimularon como lógicas de mercado y conforme avanza el modelo se van configurando como multimedios. El actor principal de este modelo de desinformación ya no es el estado fascista, sino los multimedios privados, que funcionan como el estado fascista con su centralidad y coordinación. Hacen uso de campañas difusas de comunicación descentralizada para disimular sus posiciones. Esta mecánica la hemos visto y analizado muchas veces, información confusa o de dudosa confiabilidad, con fuentes secretas, viene a instalar determinadas narrativas que curiosamente coinciden con los intereses de los grupos económicos dueños de los medios. Se articula entonces un diálogo coordinado entre todos los emisores de los distintos eslabones del multimedio para construir el relato completo, un todo orgánico que funciona como realidad. Es interesante observar aquí que en este momento la velocidad de viralización era muy baja en relación a la velocidad de comunicación de los medios, entonces era preciso crear un artificio de cobertura para forzar la viralización del contenido tóxico en los tiempos en lo que se lo necesitaba. Así, las cámaras de la televisión llegaban con anticipación a lugares donde sucesos impredecibles sucedían y se podrían transmitir a través del multimedio. Es decir, los medios conocían de antemano los acontecimientos que iban a suceder. 

Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en el caso de “Las valijas de Lopez”, el 14 de junio de 2016, el senado argentino iba a votar los polémicos pliegos de dos jueces de la corte suprema, Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz, quienes habían sido nombrados por decreto del presidente Macri (en un caso único en la historia de la argentina moderna) y tenían estrechos vínculos con el Grupo Clarín. El gobierno de Macri no contaba con los senadores suficientes para la votación. Ese mismo día a por la madruga un ex funcionario del gobierno anterior (José López) fue encontrado por la policía en el “Monasterio Nuestra Señora del Rosario de Fátima, ubicado en General Rodríguez, provincia de Buenos Aires.” en un presunto escape con un botín robado. durante el transcurso de la mañana por los distintos medios del Grupo Clarín se vieron imágenes del ex funcionario arrestado, bolsos, una ametralladora y un montón de opiniones sobre la espantosa corrupción del gobierno anterior. La cobertura del acontecimiento sucedido ese mismo día tuvo tiempos impropios del periodismo que, a una velocidad asombrosa, tuvo acceso a imágenes de todo tipo para ilustrar la noticia. La principal de todas fue la de López arrestado con chaleco antibalas, también había fotos de la ametralladora, las valijas y de la plata. Como se puede observar los elementos necesarios para construir con imágenes la narrativa del ladrón y el botín. Mas tarde se argumentó que la policía venia siguiendo los pasos de López, pero nunca se supo, ni siquiera en el juicio posterior, las distintas instancias de investigación que llevaron a esa “persecución policial” tan convenientemente cinematográfica. Pocas semanas después “se filtraron” videos de la cámara de seguridad del convento, donde se puede ver a López entrando las valijas al convento. La justicia argentina permite bajo la figura de “enriquecimiento ilícito” penar a cualquier argentino que no pueda justificar la portación de dinero, esa fue la condena final de López[1]. Es decir, si la policía seguía los pasos de López desconociendo todo tipo de detalle sobre el dinero robado (origen, procedencia delictiva) lo único que queda por pensar es que estaba siendo perseguido políticamente y sus perseguidores tuvieron la fortuna de que sea efectivamente un criminal. La ametralladora era el único elemento real porque el fue arrestado, por portación de arma de guerra. Arma de guerra que por otro lado tampoco se aclaró como llego a sus manos ni de donde provenía, siendo además que López no tenía vínculos ni experiencia en armamento de ningún tipo. También uno podría pensar que López formaba parte de una operación mayor, quiero decir, alguien le dio la plata y la ametralladora para que la lleve al convento. Lo cierto es que el escándalo público, sirvió como presión al partido opositor que termino aprobando ese mismo día, los pliegos de los jueces que había nombrado por decreto el gobierno para conveniencia del multimedio Clarín.

 

Defino este modelo, como modelo de transición, ya que aún mantiene la centralidad y coordinación del modelo fascista, pero empieza a incorporar contenidos tóxicos de naturaleza irregular, apócrifa, difusa, que requieren la participación de los receptores de los mensajes para resultar efectiva. Tiene entonces aún la estructura comunicacional del modelo fascista (centralidad, coordinación) pero se empiezan a observar componentes que serán exclusivos del modelo viral.

 

 

El modelo viral, la mentira en la red.

 

La evolución de las dos variables que observamos da lugar al tercer modelo. A saber, la velocidad de la información y la participación del receptor, constituido ahora como sujeto de consumo. Así el tercer modelo, el modelo viral, depende de la acción activa del individuo. Y para que esto pueda ser posible es necesario un fenómeno concurrente, que son las nuevas formas de comunicación que surgen a partir de los dispositivos móviles. Los celulares y la conexión online a través de redes sociales traen una velocidad inédita para la circulación de contenido tóxico. La mentira llega a nuestras manos en forma de contenido virtual antes que la radio y la televisión fascista empiece a emitir. Las redes, además, habilitan y estimulan la participación individual convirtiéndo al sujeto en participante activo de los mecanismos de circulación. Es el sujeto que hace circular de boca en boca (de posteo en posteo) la desinformación, por eso este último modelo se diferencia del modelo fascista por su capilaridad, la desinformación viene desde abajo. Es la población a desinformar la que produce su propia desinformación.

 

De este modo, el modelo viral incorpora de la experiencia de las narrativas de conspiración la participación activa del individuo, al que transforma en consumidor creyente y difusor. Y en medio de la crisis de los tiempos de llegada de los medios tradicionales, algo que he observado en un texto anterior, encuentran nuevos modos de distribución para los contenidos tóxicos. La mentira, como las teorías de conspiración se viralizan, pero en términos digitales a una velocidad que supera toda experiencia anterior de comunicación.

 

Queda por estudiar los mecanismos de intervención que existen en las formas de distribución de los contenidos tóxicos, es decir, las distintas maneras en que las empresas dueñas de las redes pueden alterar los algoritmos para privilegiar la circulación de ciertos contenidos con los que coinciden o responden a sus intereses. Pues no debemos ser inocentes frente a las corporaciones que hoy controlan la comunicación, que como vimos más arriba son las que han tomado el control ante la retirada del estado.



[1] La mecánica común de las causas de corrupción en argentina se repite con una recurrencia asombrosa. Siempre se trata del conveniente descubrimiento de un “botín”, siempre es dinero que se encuentra en poder de un funcionario, que no puede justificar su origen. Nunca las autoridades pueden demostrar con precisión el delito cometido, ni la manera en que se distrajo el dinero de las arcas del estado o el mecanismo con el cual se sustrajeron los fondos, ni los intermediarios. Ni mucho menos beneficiarios privados del acto de corrupción. En el mejor de los casos, hay un relato casi de folletín donde un “arrepentido” cuenta como llevaba los “bolsos del dinero” desde la casa de gobierno hasta algún oscuro sótano. El sistema legal tiene para la figura del enriquecimiento ilícito, lo que se denomina “la inversión de la carga de la prueba” que es contrario a la tradición derecho y controversial en los pocos países donde se aplica (principalmente países subdesarrollados de América Latina y Africa) ya que contradice la presunción de inocencia que es el origen del derecho. El “todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario” no corre para los políticos, quienes deben demostrar que son inocentes cuando son acusados. Los políticos argentinos (y los de los países pobres de américa y áfrica) nacen con una presunción de corrupción, solo falta la operación mediática que decida cual ira preso.