lunes, 15 de junio de 2026

La corrupción, fuerza de hoy.



 Se ha escrito mucho sobre el género policial, y uno de los ensayos que más me gusta, pertenece a Jorge Luis Borges. Se trata en realidad de una conferencia que Borges dio en la universidad de Belgrano en 1978. Fue un ciclo de cinco conferencias, de “clases magistrales”, que fueron compiladas por Emece al año siguiente y publicadas bajo el nombre “Borges oral”. La última de estas conferencias, “El cuento policial” ha circulado a modo de introducción en varios libros de relatos policiales. Especialmente en ediciones de “Seis problemas para don Isidro Parodi” unos cuentos que Borges escribió junto a Bioy Casares bajo el seudónimo de H.Bustos Domecq, en 1942.

En este texto brillante, Borges ubica el origen del cuento policial en “los crímenes de la calle morgue” de Edgar Allan Poe, publicado originalmente en 1841. sostiene aquí Borges, que este origen del género está marcado por una pretensión de Poe de construir un género intelectual “Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería que fuera un género intelectual, un género fantástico si ustedes quieren, pero un género fantástico de la inteligencia, no de la imaginación solamente; de ambas cosas, desde luego, pero sobre todo de la inteligencia.” En los “Crímenes…”, están los principales elementos del género policial. Aparece la figura del detective (Auguste Dupin “el primer detective de la historia”) que funciona como un razonador abstracto y, que a partir de pistas que se le presentan sin demasiadas complicaciones (Dupin accede a toda la información sobre el crimen a través de los diarios) termina por resolver el crimen.

 

Otro punto importante aquí es que el crimen tiene la forma de un misterio inexplicable. En los “crímenes…” Poe inauguró además el misterio del cuarto cerrado por dentro (¿cómo entró el asesino?).  Este doble juego entre lo fantástico que implica el crimen inexplicable y la resolución intelectual lleva a un paso posterior que explorarán otros autores, sostiene Borges “Chesterton hizo algo distinto, escribió cuentos que son, a la vez, cuentos fantásticos, y que finalmente tienen una resolución policial.” En el esquema de Poe, lo fantástico, lo inexplicable del crimen, se va diluyendo como un espejismo a medida que las armas del razonamiento comienzan a operar. Y es a partir de la inteligencia, que en base a las pistas que el detective (y el lector simultáneamente) va encontrando a lo largo del relato como se termina por resolver el crimen. La resolución del crimen es a su vez la resolución del relato. La tensión dramática, voy a aventurar como hipótesis, está dada por la ausencia de lógica de los acontecimientos, que se multiplica con las pistas dispersas y a veces falsas, y así, el desenlace no es un hecho de acción sino hecho de la inteligencia. Es la aparición de la lógica que da sentido a todos los hechos dispersos: el motivo del crimen y el criminal. Como se ve, el relato policial en esta configuración inicial, con su forma intelectual, carece de acción y violencia. Ni Dupin termina peleando con los asesinos, ni lo hace Sherlock Holmes. La verdad es una fuerza poderosa, el criminal confiesa al verse descubierto o bien termina siendo pacíficamente arrestado, en escasas ocasiones presenta alguna resistencia. Confluye Borges que este tipo de relatos ha decaído mucho en Estados Unidos, pero en Inglaterra “todavía se escriben novelas muy tranquilas, donde el relato transcurre en una aldea inglesa; allí todo es intelectual, no hay violencia, no hay mayor efusión de sangre” es importante destacar este punto, el relato policial es un “relato tranquilo”.

 

Una segunda línea del género policial, es la que comúnmente llamamos policial negro. Se data su origen en Estados Unidos hacia 1920 y como su mayor exponente a Raymond Chandler. Se suele decir que el policial Clásico, es la escuela inglesa tomando como referente a Conan Doyle con su Sherlock Holmes (que de alguna manera expande el paradigma fundado por Poe) y, que el Policial Negro es la escuela norteamericana.

 

El análisis más habitual sostiene que en el policial negro, las características de una sociedad decadente se introducen en el relato, contaminándolo. A diferencia del policial clásico, donde el crimen es una perturbación en un orden establecido, y aparentemente justo. El relato negro parte de la premisa de que el orden social no es justo, la sociedad esta corrompida y el crimen no tiene nada de extraordinario. La figura del misterio y del enigma lógico a resolver, que es el sustrato fantástico del policial clásico, no está presente. Aquí la acción y la violencia entran en escena con frecuencia, y pondrán en peligro incluso la vida del detective que precisará mucho más que sus capacidades deductivas para resolver el crimen, encontrar al culpable, e incluso sobrevivir. Así, el policial negro contiene mucho más realismo y puede incluir un grado de crítica social, que es lo que fascino a muchos intelectuales en la década del 80.

 

Pero si hay algo que siempre me interesó del policial negro, es cierta manera que algunos de sus mejores exponentes describen y construyen esa degradación social. Algo que está en Chandler y también en Dashiel Hammet. Es algo en la manera de escribir, en la forma de expresar el mundo. Pienso en una forma de impostura, se trata de personajes simulando lo que no son. Rubias que no son rubias, la señora mayor que se comporta como si fuera una pendeja, el político que habla de principios y valores cuando en realidad solo le interesa el poder y el dinero, el policía que en realidad es un delincuente. Todo es falso, y el relato avanza en sus descripciones resaltando la superficie, adjetivando lo que los personajes muestran, nunca lo que son. Cuerpos vacíos, la superficie de una sociedad sin contenido real y allí, en esa degradación, en ese mundo de identidades falsas, y valores impostados, se mueve el detective buscando resolver un crimen que tiene la excepcionalidad de necesitar una resolución en una sociedad donde los crímenes no se resuelven. Se abre la puerta, entra un personaje misterioso que parece más culpable que inocente, que oculta cosas y hechos, solicita los servicios de un detective que no tiene nada de excepcional.

 






En estas cosas pensaba cuando pensé a Rafael Manso, “el Drogador”. Es un personaje que inventé hace mucho, antes incluso de Urbanópolis. Dibuje siete episodios, de los cuales solo dos fueron publicados, perdidos en algún fanzine. Quería construir un personaje como Torpedo (de Abuli y Bernet) un criminal, un villano como protagonista. Un personaje que avanza en la historia buscando su propio beneficio, sin que le importen las consecuencias, ni las vidas con que se cruce. Torpedo se mueve en el mundo del hampa, ocupa el rol de asesino, es un torpedo, un arma destructiva que una vez liberada no se sabe dónde termina ni cuánto daño puede llegar a hacer. La historia tiene elementos de la novela negra, pero también innovaciones propias, algunas relacionadas a la comedia y el humor negro. Me gustó la idea del personaje individualista en el centro, del villano, del tipo malo como protagonista. Pero el mundo que pensé para Drogador es bien distinto. Drogador es un dealer, un transa, un tipo que vende droga. Solo eso ya convoca un universo de delitos y personajes oscuros. El universo implícito del narcotráfico y de aquel sistema de negocios policiales, estatales y judiciales que permiten la circulación de lo ilegal. Un mundo corrompido y mafioso, donde nada es lo que parece y todos juegan un juego propio de intereses, el crimen aparece de la nada, todo el tiempo, en todos lados. El mundo de Drogador es tan corrupto que algunas veces Rafael parece un buen tipo. Y después están las historias de sus clientes. Es que Rafael Manso nunca es protagonista de sus historias, es un testigo de lo que sucede, un testigo privilegiado, sereno, que mira como todo se degrada sin demasiado escándalo, intentando solamente mantenerse a un lado. Se mueve en un mundo de poder y dinero, donde las ambiciones y las miserias personales son moneda corriente. Y a veces, las historias se desbocan y debe intervenir. Lo hace para defender un pasado que necesita mantener oculto a cualquier precio. Entonces exhibe una habilidad innata para el asesinato. Y ese el plus de Drogador, no es un testigo cualquiera, es un gran villano que está de vuelta, te podría matar sin pestañear, pero no quiere, no le interesa, está retirado, ahora vende droga.


 

Esteban Quinteros se sumó a esta resurrección de Drogador, que es, sin embargo, su forma definitiva. Y siento que ha hecho un gran trabajo. Con el correr de las páginas su estilo realista gana expresión y precisión, los personajes actúan su cada escena y me costaría imaginarlos de otro modo. La composición de los cuadros, el ritmo narrativo y los desafíos a los que se enfrentó y resolvió de manera magistral demuestran a un gran artista que tiene mucho para dar. Por algo aquellos episodios terminaron perdidos y Drogador ha encontrado mucho después su dibujante definitivo. Le agradezco a Esteban que se haya sumado a este proyecto. Que haya hecho suya esta historia llena de ambiciones desmedidas, de policías deshonestos y jueces corruptos, donde la corrupción es la fuerza más poderosa, y la justicia una anécdota insignificante.

 

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