En este texto brillante, Borges ubica el
origen del cuento policial en “los crímenes de la calle morgue” de Edgar Allan
Poe, publicado originalmente en 1841. sostiene aquí Borges, que este origen del
género está marcado por una pretensión de Poe de construir un género
intelectual “Poe no quería que el género policial fuera un género realista,
quería que fuera un género intelectual, un género fantástico si ustedes
quieren, pero un género fantástico de la inteligencia, no de la imaginación
solamente; de ambas cosas, desde luego, pero sobre todo de la inteligencia.” En
los “Crímenes…”, están los principales elementos del género policial. Aparece
la figura del detective (Auguste Dupin “el primer detective de la historia”)
que funciona como un razonador abstracto y, que a partir de pistas que se le
presentan sin demasiadas complicaciones (Dupin accede a toda la información
sobre el crimen a través de los diarios) termina por resolver el crimen.
Otro punto importante aquí es que el crimen
tiene la forma de un misterio inexplicable. En los “crímenes…” Poe inauguró
además el misterio del cuarto cerrado por dentro (¿cómo entró el
asesino?). Este doble juego entre lo
fantástico que implica el crimen inexplicable y la resolución intelectual lleva
a un paso posterior que explorarán otros autores, sostiene Borges “Chesterton
hizo algo distinto, escribió cuentos que son, a la vez, cuentos fantásticos, y
que finalmente tienen una resolución policial.” En el esquema de Poe, lo
fantástico, lo inexplicable del crimen, se va diluyendo como un espejismo a
medida que las armas del razonamiento comienzan a operar. Y es a partir de la
inteligencia, que en base a las pistas que el detective (y el lector
simultáneamente) va encontrando a lo largo del relato como se termina por
resolver el crimen. La resolución del crimen es a su vez la resolución del
relato. La tensión dramática, voy a aventurar como hipótesis, está dada por la
ausencia de lógica de los acontecimientos, que se multiplica con las pistas
dispersas y a veces falsas, y así, el desenlace no es un hecho de acción sino
hecho de la inteligencia. Es la aparición de la lógica que da sentido a todos
los hechos dispersos: el motivo del crimen y el criminal. Como se ve, el relato
policial en esta configuración inicial, con su forma intelectual, carece de
acción y violencia. Ni Dupin termina peleando con los asesinos, ni lo hace Sherlock
Holmes. La verdad es una fuerza poderosa, el criminal confiesa al verse
descubierto o bien termina siendo pacíficamente arrestado, en escasas ocasiones
presenta alguna resistencia. Confluye Borges que este tipo de relatos ha
decaído mucho en Estados Unidos, pero en Inglaterra “todavía se escriben
novelas muy tranquilas, donde el relato transcurre en una aldea inglesa; allí
todo es intelectual, no hay violencia, no hay mayor efusión de sangre” es
importante destacar este punto, el relato policial es un “relato tranquilo”.
Una segunda línea del género policial, es la
que comúnmente llamamos policial negro. Se data su origen en Estados Unidos
hacia 1920 y como su mayor exponente a Raymond Chandler. Se suele decir que el
policial Clásico, es la escuela inglesa tomando como referente a Conan Doyle
con su Sherlock Holmes (que de alguna manera expande el paradigma fundado por
Poe) y, que el Policial Negro es la escuela norteamericana.
El análisis más habitual sostiene que en el
policial negro, las características de una sociedad decadente se introducen en
el relato, contaminándolo. A diferencia del policial clásico, donde el crimen
es una perturbación en un orden establecido, y aparentemente justo. El relato
negro parte de la premisa de que el orden social no es justo, la sociedad esta
corrompida y el crimen no tiene nada de extraordinario. La figura del misterio
y del enigma lógico a resolver, que es el sustrato fantástico del policial
clásico, no está presente. Aquí la acción y la violencia entran en escena con
frecuencia, y pondrán en peligro incluso la vida del detective que precisará
mucho más que sus capacidades deductivas para resolver el crimen, encontrar al
culpable, e incluso sobrevivir. Así, el policial negro contiene mucho más
realismo y puede incluir un grado de crítica social, que es lo que fascino a
muchos intelectuales en la década del 80.
Pero si hay algo que siempre me interesó del
policial negro, es cierta manera que algunos de sus mejores exponentes
describen y construyen esa degradación social. Algo que está en Chandler y
también en Dashiel Hammet. Es algo en la manera de escribir, en la forma de
expresar el mundo. Pienso en una forma de impostura, se trata de personajes
simulando lo que no son. Rubias que no son rubias, la señora mayor que se
comporta como si fuera una pendeja, el político que habla de principios y
valores cuando en realidad solo le interesa el poder y el dinero, el policía
que en realidad es un delincuente. Todo es falso, y el relato avanza en sus
descripciones resaltando la superficie, adjetivando lo que los personajes
muestran, nunca lo que son. Cuerpos vacíos, la superficie de una sociedad sin
contenido real y allí, en esa degradación, en ese mundo de identidades falsas,
y valores impostados, se mueve el detective buscando resolver un crimen que
tiene la excepcionalidad de necesitar una resolución en una sociedad donde los
crímenes no se resuelven. Se abre la puerta, entra un personaje misterioso que
parece más culpable que inocente, que oculta cosas y hechos, solicita los servicios
de un detective que no tiene nada de excepcional.
En estas cosas pensaba cuando pensé a Rafael Manso, “el Drogador”. Es un personaje que inventé hace mucho, antes incluso de Urbanópolis. Dibuje siete episodios, de los cuales solo dos fueron publicados, perdidos en algún fanzine. Quería construir un personaje como Torpedo (de Abuli y Bernet) un criminal, un villano como protagonista. Un personaje que avanza en la historia buscando su propio beneficio, sin que le importen las consecuencias, ni las vidas con que se cruce. Torpedo se mueve en el mundo del hampa, ocupa el rol de asesino, es un torpedo, un arma destructiva que una vez liberada no se sabe dónde termina ni cuánto daño puede llegar a hacer. La historia tiene elementos de la novela negra, pero también innovaciones propias, algunas relacionadas a la comedia y el humor negro. Me gustó la idea del personaje individualista en el centro, del villano, del tipo malo como protagonista. Pero el mundo que pensé para Drogador es bien distinto. Drogador es un dealer, un transa, un tipo que vende droga. Solo eso ya convoca un universo de delitos y personajes oscuros. El universo implícito del narcotráfico y de aquel sistema de negocios policiales, estatales y judiciales que permiten la circulación de lo ilegal. Un mundo corrompido y mafioso, donde nada es lo que parece y todos juegan un juego propio de intereses, el crimen aparece de la nada, todo el tiempo, en todos lados. El mundo de Drogador es tan corrupto que algunas veces Rafael parece un buen tipo. Y después están las historias de sus clientes. Es que Rafael Manso nunca es protagonista de sus historias, es un testigo de lo que sucede, un testigo privilegiado, sereno, que mira como todo se degrada sin demasiado escándalo, intentando solamente mantenerse a un lado. Se mueve en un mundo de poder y dinero, donde las ambiciones y las miserias personales son moneda corriente. Y a veces, las historias se desbocan y debe intervenir. Lo hace para defender un pasado que necesita mantener oculto a cualquier precio. Entonces exhibe una habilidad innata para el asesinato. Y ese el plus de Drogador, no es un testigo cualquiera, es un gran villano que está de vuelta, te podría matar sin pestañear, pero no quiere, no le interesa, está retirado, ahora vende droga.
Esteban Quinteros se sumó a esta resurrección
de Drogador, que es, sin embargo, su forma definitiva. Y siento que ha hecho un
gran trabajo. Con el correr de las páginas su estilo realista gana expresión y
precisión, los personajes actúan su cada escena y me costaría imaginarlos de
otro modo. La composición de los cuadros, el ritmo narrativo y los desafíos a
los que se enfrentó y resolvió de manera magistral demuestran a un gran artista
que tiene mucho para dar. Por algo aquellos episodios terminaron perdidos y
Drogador ha encontrado mucho después su dibujante definitivo. Le agradezco a
Esteban que se haya sumado a este proyecto. Que haya hecho suya esta historia
llena de ambiciones desmedidas, de policías deshonestos y jueces corruptos,
donde la corrupción es la fuerza más poderosa, y la justicia una anécdota
insignificante.


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