Conviene observar aquí que el
talento es un bien relativo, ¿cómo sabemos que alguien tiene talento? Hay un
aspecto objetivo, primero el talento siempre es una función de alguna acción,
es algo que interviene en el hacer sumándole una calidad extra. No es solo una
facilidad de la práctica (nos cuesta menos dibujar) sino que es también una
propiedad del resultado (nuestros dibujos son comparativamente mejores que
otros dibujos). Después hay un aspecto exterior, la percepción expresada en la
mirada de los otros, aquellos que advirtieron el talento. Este aspecto, la
percepción del talento, es casi una disciplina en sí. En no pocos ámbitos
existen "los buscadores de talentos" (ya sea, deportivos, artísticos
o profesionales de todo tipo), gente que se dedica a buscar entre las personas,
aquellas que posean esa cualidad extra que puede marcar la diferencia. Y el
tercer aspecto es el éxito, que toma distintas formas según la actividad en la
que busquemos. Pero el éxito está fundamentalmente ligado al resultado de la
acción (el dibujo, el mueble, el libro) en su campo especifico. Si el jugador
sale campeón, nadie podrá dudar de su talento, lo mismo para el dibujante que
consigue vender sus dibujos a buen precio. Un aspecto asociado al éxito es el
reconocimiento, se puede no ser exitoso en términos de la actividad misma, y
sin embargo ser reconocido por otros actores del campo. Son los colegas de los
grandes artistas que reconocen a un maestro a pesar que no tenga éxito
comercial.
Esto se pone interesante cuando alteramos las variables, cuando, por ejemplo, está el éxito, pero falta el talento. El dibujante que no es bueno, pero vende todos sus dibujos, el jugador que juega mal pero sale campeón. O la variante más trágica, la presencia del talento, pero la ausencia del éxito, el dibujante talentoso que nunca pudo vender un dibujo, el jugador excepcional que nunca ganó un campeonato. Aparece aquí la complejidad del mundo, con sus múltiples variables alterando el esquema de TALENTO - ACCION - EXITO/RECONOCIMIENTO.
Los elementos de este esquema están tan conectados que la ausencia de alguno podría hacernos creer la ausencia de otro, así, la falta de reconocimiento podría llevarnos a pensar que no tenemos talento. Y hay un factor extra, externo, cuya presencia garantizaría el funcionamiento del esquema: el golpe de suerte. Así, habría jugadores talentosos que no tuvieron suerte y otros no tan talentosos que, tal vez, habrían tenido demasiada.
Todo este que esquema, que
deviene de esa pregunta inicial, cobra vital importancia cuando lo llevamos al
campo del arte. Ahora ya es una pregunta específica con una enorme dosis
dramática, ¿qué hacemos si descubrimos, objetivamente, que hay artistas mejores
que nosotros? ¿abandonamos el arte, nos dedicamos a otra cosa? ¿nos vamos a
dormir? Podemos decir que no nos importa si somos buenos o malos, si tenemos
éxito o reconocimiento, que lo hacemos porque nos gusta hacerlo. Pero a
diferencia de otras actividades donde los demás no importan, el arte tiene la
característica de que forma parte de un tipo especial de comunicación. Todo
artista necesita de algún modo que alguien lea su obra, que escuche su canción,
que mire sus dibujos, que entienda, que disfrute su arte. Y, en un sentido aún
más trágico, todo artista necesita, hablar, decir algo a través de su obra. El
arte conviene que recordemos, es esencialmente una actividad social. Y ahí es
cuando no podemos irnos a dormir, tenemos que a responder al llamado del arte.
Así llegamos, por fin, al mundo apocalíptico de Bulma Jimenes, la historia donde el historietista Brian Janchez habla sobre lo que, suponemos, necesita decir. Una guerra mundial destruyó las comunicaciones, el mundo retrocedió en el tiempo, los medios gráficos vuelven a tener relevancia y lo que había dejado de importar resulta ser el centro de todo: Las Historietas. En ese mundo Bulma tiene un sueño, quiere ser historietista, y principalmente, vivir de hacer historietas, pero tal vez no tenga el talento o la suerte para conseguirlo.
En el mundo de Bulma, ser
historietista es tan difícil como en el nuestro, y se encontrará con los
dilemas que atraviesan toda actividad artística, la falta de éxito y de
reconocimiento, las fronteras que hay que cruzar, los sacrificios que hay que
hacer para llegar a los demás. El difícil camino del arte que puede concluir en
una insuperable frustración, el sacrificio sin recompensa que todos sentimos en
algún momento y que a todos nos puede vencer. Y en medio de todo esto se esconde
el peligroso descubrimiento de la falta de talento. A su vez, en la lógica de
Bulma no se presenta el sentido trágico del mensaje, el llamado del arte, la
necesidad de decir, ella solo quiere hacer historietas y vivir de ellas, ese
vacío la aleja de la épica, pero la acerca más a lo humano. Es grotesca, torpe,
y a veces mezquina, pero esencialmente humana.
Sobre Brian Janchez, la mente y
las manos detrás de esta historia, podemos decir, que se trata de un artista
excepcional. Que no deja de superarse. Que cuestiona y se cuestiona. Y lo
encontramos aquí en plena madurez artística, manejando con destreza recursos
que adquirió y fue inventando en sus obras anteriores. Janchez, con un estilo
ya propio maneja los ritmos de la narración y administra esos recursos de
acuerdo las necesidades del relato, así alcanza niveles poéticos de alta
sensibilidad y momentos absurdos cuando los personajes, esos personajes humanos
tan alejados de toda épica, lo ameritan. Las tres historias que integran el libro tienen a Bulma como protagonista y ese dilema del arte como trasfondo de
la búsqueda de un sueño. Ya lo dije, Bulma quiere vivir de hacer historietas,
pero su sueño se vuelve esquivo, incluso en ese mundo apocalíptico donde las
historietas lo son todo.
El libro se puede conseguir en comiquerías y librerías. Edita Duma, por supuesto.


