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domingo, 20 de septiembre de 2026

El dilema del talento.




Hay un dilema que puede atravesar nuestras vidas
en distintos niveles y formas. Podría resumirse en la siguiente pregunta ¿qué pasa si no somos buenos en lo que más nos gusta hacer? Ya sea jugar al futbol, dibujar o armar roperos, no importa la actividad, se trata en el fondo, de un triste descubrimiento: la falta de talento. Enfrentado a esto, aparece una necesidad, la de llevar a cabo esa tarea en la que no somos buenos, ya sea por el placer que nos produce hacerla (aunque sea mal) o bien por algún particular empeño u obsesión que tenemos.
  Surgen entonces dos caminos, llevar a cabo la tarea sin importar los resultados (jugar al futbol, dibujar, o armar muebles) tan solo teniendo en cuenta nuestra íntima necesidad de realizarla, o abandonar el asunto, dedicando nuestras fuerzas y energías en algo para lo que estemos más aptos.

Conviene observar aquí que el talento es un bien relativo, ¿cómo sabemos que alguien tiene talento? Hay un aspecto objetivo, primero el talento siempre es una función de alguna acción, es algo que interviene en el hacer sumándole una calidad extra. No es solo una facilidad de la práctica (nos cuesta menos dibujar) sino que es también una propiedad del resultado (nuestros dibujos son comparativamente mejores que otros dibujos). Después hay un aspecto exterior, la percepción expresada en la mirada de los otros, aquellos que advirtieron el talento. Este aspecto, la percepción del talento, es casi una disciplina en sí. En no pocos ámbitos existen "los buscadores de talentos" (ya sea, deportivos, artísticos o profesionales de todo tipo), gente que se dedica a buscar entre las personas, aquellas que posean esa cualidad extra que puede marcar la diferencia. Y el tercer aspecto es el éxito, que toma distintas formas según la actividad en la que busquemos. Pero el éxito está fundamentalmente ligado al resultado de la acción (el dibujo, el mueble, el libro) en su campo especifico. Si el jugador sale campeón, nadie podrá dudar de su talento, lo mismo para el dibujante que consigue vender sus dibujos a buen precio. Un aspecto asociado al éxito es el reconocimiento, se puede no ser exitoso en términos de la actividad misma, y sin embargo ser reconocido por otros actores del campo. Son los colegas de los grandes artistas que reconocen a un maestro a pesar que no tenga éxito comercial.

Esto se pone interesante cuando alteramos las variables, cuando, por ejemplo, está el éxito, pero falta el talento. El dibujante que no es bueno, pero vende todos sus dibujos, el jugador que juega mal pero sale campeón. O la variante más trágica, la presencia del talento, pero la ausencia del éxito, el dibujante talentoso que nunca pudo vender un dibujo, el jugador excepcional que nunca ganó un campeonato. Aparece aquí la complejidad del mundo, con sus múltiples variables alterando el esquema de TALENTO - ACCION - EXITO/RECONOCIMIENTO.


Los elementos de este esquema están tan conectados que la ausencia de alguno podría hacernos creer la ausencia de otro, así, la falta de reconocimiento podría llevarnos a pensar que no tenemos talento. Y hay un factor extra, externo, cuya presencia garantizaría el funcionamiento del esquema: el golpe de suerte. Así, habría jugadores talentosos que no tuvieron suerte y otros no tan talentosos que, tal vez, habrían tenido demasiada.

Todo este que esquema, que deviene de esa pregunta inicial, cobra vital importancia cuando lo llevamos al campo del arte. Ahora ya es una pregunta específica con una enorme dosis dramática, ¿qué hacemos si descubrimos, objetivamente, que hay artistas mejores que nosotros? ¿abandonamos el arte, nos dedicamos a otra cosa? ¿nos vamos a dormir? Podemos decir que no nos importa si somos buenos o malos, si tenemos éxito o reconocimiento, que lo hacemos porque nos gusta hacerlo. Pero a diferencia de otras actividades donde los demás no importan, el arte tiene la característica de que forma parte de un tipo especial de comunicación. Todo artista necesita de algún modo que alguien lea su obra, que escuche su canción, que mire sus dibujos, que entienda, que disfrute su arte. Y, en un sentido aún más trágico, todo artista necesita, hablar, decir algo a través de su obra. El arte conviene que recordemos, es esencialmente una actividad social. Y ahí es cuando no podemos irnos a dormir, tenemos que a responder al llamado del arte.

Así llegamos, por fin, al mundo apocalíptico de Bulma Jimenes, la historia donde el historietista Brian Janchez habla sobre lo que, suponemos, necesita decir. Una guerra mundial destruyó las comunicaciones, el mundo retrocedió en el tiempo, los medios gráficos vuelven a tener relevancia y lo que había dejado de importar resulta ser el centro de todo: Las Historietas. En ese mundo Bulma tiene un sueño, quiere ser historietista, y principalmente, vivir de hacer historietas, pero tal vez no tenga el talento o la suerte para conseguirlo.


En el mundo de Bulma, ser historietista es tan difícil como en el nuestro, y se encontrará con los dilemas que atraviesan toda actividad artística, la falta de éxito y de reconocimiento, las fronteras que hay que cruzar, los sacrificios que hay que hacer para llegar a los demás. El difícil camino del arte que puede concluir en una insuperable frustración, el sacrificio sin recompensa que todos sentimos en algún momento y que a todos nos puede vencer. Y en medio de todo esto se esconde el peligroso descubrimiento de la falta de talento. A su vez, en la lógica de Bulma no se presenta el sentido trágico del mensaje, el llamado del arte, la necesidad de decir, ella solo quiere hacer historietas y vivir de ellas, ese vacío la aleja de la épica, pero la acerca más a lo humano. Es grotesca, torpe, y a veces mezquina, pero esencialmente humana.

Sobre Brian Janchez, la mente y las manos detrás de esta historia, podemos decir, que se trata de un artista excepcional. Que no deja de superarse. Que cuestiona y se cuestiona. Y lo encontramos aquí en plena madurez artística, manejando con destreza recursos que adquirió y fue inventando en sus obras anteriores. Janchez, con un estilo ya propio maneja los ritmos de la narración y administra esos recursos de acuerdo las necesidades del relato, así alcanza niveles poéticos de alta sensibilidad y momentos absurdos cuando los personajes, esos personajes humanos tan alejados de toda épica, lo ameritan. Las tres historias que integran el libro tienen a Bulma como protagonista y ese dilema del arte como trasfondo de la búsqueda de un sueño. Ya lo dije, Bulma quiere vivir de hacer historietas, pero su sueño se vuelve esquivo, incluso en ese mundo apocalíptico donde las historietas lo son todo.

El libro se puede conseguir en comiquerías y librerías. Edita Duma, por supuesto.