domingo, 31 de mayo de 2026

Pantalla del mundo nuevo.

Los últimos acontecimientos mundiales, el gobierno de Trump y sus intervenciones militares y comerciales cada vez más desesperadas y en muchos sentidos contradictorias anuncian un inequívoco proceso de transformación del orden mundial. El gran emergente, no cabe duda, es la República Popular China, que tenemos que recordar está gobernada desde mediados de 1949 por el partido comunista chino. Se escuchan muchas voces que hablan de orden multipolar, voces que en general vienen muy alineadas a los intereses de Pekín. El mismo Xi Jinping no deja de mencionar la expresión del mundo multipolar. Pero hay que ver bien el desarrollo de los acontecimientos para entender que el nuevo orden está muy lejos de lo multipolar, todo parece encaminarse a una total hegemonía económica y comercial de China. Pienso repasar brevemente estas contradictorias intervenciones de la administración Trump y aventurar, siempre provisoriamente, alguna conclusión sobre el desenlace de estos desplazamientos.

 


La guerra comercial, superficie, pantomima y realidad.

 

Ya en el primer mandato de Donald Trump, se empezó a plantear el tema de la guerra comercial. Es que de algún modo la emergencia de Trump en la política norteamericana expresa la gran contradicción del capitalismo actual, la disputa cada vez más cruenta entre el capital industrial y el capital financiero. El capitalismo industrial es el capitalismo expresado como modo de producción y esto implica la transformación del mundo material. Y cuando el capital produce, da trabajo. Siguiendo el razonamiento, cuando da trabajo y ese trabajo está bien remunerado, incluso dando lugar a la apropiación del excedente (la famosa plusvalía de Marx), esos trabajadores oprimidos por el sistema pueden mejorar su calidad de vida, en términos económicos eso es consumir. Se produce así un mercado de consumo que no es otra cosa que el acceso de la población a formas materiales de riqueza y bienestar. El círculo se cierra cuando el capitalismo ahora produce bienes para abastecer a ese mercado de consumo que resulta de la capacidad adquisitiva de los trabajadores. Falta decir aquí, que para todos los economistas del capitalismo y los del comunismo también, la riqueza es un resultado del trabajo. El mismo Adam Smith, en la riqueza de las naciones, no habla de otra cosa que del trabajo. El trabajo entendido como la facultad del hombre para transformar el mundo material y así, producir riqueza. El problema aparece cuando resulta posible producir sin dar trabajo, o más específicamente, producir sin dar trabajo en esa sociedad donde se actúa, es decir, en el mercado donde se participa. Aquí es donde aparece el problema, desde el consenso de Washington, que se establece en 1987 e impone las normas que serán luego el abc del neoliberalismo, el capitalismo ha abandonado su característica industrial. Hay que pensar que el consenso de Washington se articuló sobre dos movimientos, el avance del capital sobre las funciones del estado y la incorporación del bloque económico asiático, con producción comunista, al comercio internacional. En el primer punto, se trata de cómo los capitales concentrados forzaron a los estados a la privatización de los servicios públicos, creando así: mercados monopólicos cautivos. Los servicios públicos no eran mercados, eran y son, mecanismos sociales con los cuales las sociedades garantizan sus condiciones de existencia, lo cual les permite desarrollarse como sociedades y en un plano específico, les permiten a las sociedades desarrollarse como modos de producción. Es decir, son los servicios públicos los que crearon las condiciones de existencia del capitalismo. Existe toda una bibliografía que aborda la relación de los “estados Burgueses” con el desarrollo del capitalismo, pero se ha observado poco que, parte de la formación de ese estado burgués, es la existencia de mecanismo de reproducción social, que no son otra cosa, que un sistema de salud, de educación, y de seguridad. Y ahí es cuando podemos pensar que son los servicios públicos los que garantizan y conforman estos sistemas. Visto así, el avance del capital sobre las funciones del estado, no es otra cosa que el avance del capitalismo sobre las condiciones de su propia existencia. Los grandes capitales comenzaron a controlar mercados monopólicos creados a partir de la comercialización de necesidades básicas para la subsistencia humana, dejaron de producir para vender servicios cada vez más esenciales.

 

Muchos análisis económicos desde los 90 en adelante suelen exhibir del deterioro de la rentabilidad industrial frente a la rentabilidad financiera, las corporaciones industriales, en su evolución hacia el capital financiero, avanzan sobre las funciones del estado, y resultan un mejor negocio que la producción capitalista. Del primer movimiento se desprende, entonces, que a partir del consenso de Washington, el capitalismo dejó de producir.

 

El segundo movimiento puede situarse en 1978, cuando de la mano de Deng Xiaoping, el líder comunista que asume luego de la muerte de Mao Zedong, se produce lo que en el mundo se ha llamado la apertura china al comercio internacional. En realidad, se trató de una nueva estrategia para el desarrollo de la industria china, vinculado al comercio internacional. China no dejó de ser comunista, ni el partido comunista redujo su rol en la administración de sus política social, militar y económica, lo que cambió fue que, a partir de entonces, China se abrió para el comercio internacional, bajo un estricto control estatal. esta apertura en vez de terminar en una china repleta de productos producidos en occidente, resultó en un occidente repleto de productos fabricados en China, pero con marcas occidentales. Durante algún tiempo, occidente vivió en la fantasía de que reteniendo el control del diseño, software y marca tendría bajo control la disputa de poder que podría resultar de la deslocalización. Hoy esa fantasía ha terminado de caer, ya son muchas las marcas chinas con diseño propio que compiten con las marcas occidentales, y China, tiene la ventaja de controlar la producción de ambas. La victoria de las marcas chinas por sobre las marcas occidentales fabricadas también en china (en algunos casos por las mismas fábricas) termina siendo casi un hecho natural.

 

La caída de Estados Unidos como potencia económica ya es un dato de la realidad, resultado de un proceso de desinversión capitalista profundo en busca de una escandalosa rentabilidad financiera y comercial, que las distintas administraciones norteamericanas han venido auspiciando. Esta caída se percibe en la vida cotidiana de los norteamericanos, desempleados, sin fábricas y forzados a inventar cosas nuevas, a innovar, porque toda forma de trabajo tradicional fue desplazada a China. Lo único que prospera en EEUU son los recursos digitales que no producen riqueza, sino que, en el mejor de los casos, captan y administran una parte de la riqueza que se produce en otro lado. Y es esa contradicción, que fractura a la sociedad norteamericana, el caldo de cultivo detrás del trumpismo. 

 

En ese escenario, Trump planteó una guerra comercial contra China. Pero la naturaleza mediática de la figura de Trump, su histrionismo, su particular sentido del humor y la falta absoluta de diplomacia y sensibilidad política, sumada a cierto rechazo a discursos superficiales del progresismo, hizo crecer un debate político escindido de toda realidad económica. Así pudieron comunicarse todas las derechas del mundo, que sin embargo tienen programas económicos y objetivos que hoy son absolutamente opuestos. Esto es clave para pensar las erráticas acciones de EEUU en el campo económico y político internacional, como veremos más adelante.

 

 

La guerra real. Intervencionismos, Clausewitz y Sun Tzu.

 

La guerra tiene sus teóricos, tradiciones de pensamiento que construyen desde la experiencia de los pueblos una doctrina militar, es decir un conjunto de procedimientos, teorías y protocolos para hacer la guerra y principalmente: vencer. Podemos decir que hay dos grandes tradiciones, la tradición occidental colecta la experiencia de todo el mundo europeo, los escritos de Napoleón, de Grecia, y encuentra tal vez en Karl Von Clausewitz su mayor exponente. Por el lado de oriente una larga tradición de pensamiento puede sintetizarse en “El arte de la guerra” de Sun Tzu. 

 

Clausewitz fue un militar prusiano que vivió entre 1780 y 1831, escribió el famoso libro “De la Guerra” de donde se desprende la famosa frase que sostiene que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Toda guerra es en sí, una disputa de poder que se resuelve a través de la confrontación entre dos fuerzas. La guerra es “un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad sobre el adversario”. En su obra, Clausewitz repasa y redefine los conceptos de táctica y estrategia militar y establece un complejo sistema teórico para llevar a cabo la tarea de vencer al enemigo, donde es preciso desarmarlo y reducir sus fuerzas para la confrontación final. En el pensamiento de guerra de Clausewitz, la violencia es el principal factor y se trata de administrar los recursos propios e intervenir los del adversario de modo tal que la correlación de fuerzas sea favorable para la victoria final. Visto así, el pensamiento de Clausewitz es en sí una filosofía de la violencia, el ataque y la fuerza.

 

En la tradición oriental aparecen varios contrapuntos interesantes. Sun Tzu era un militar de la antigua china que vivió entre 544 y 497 a.c. A su figura legendaria se atribuyen muchas historias y principalmente la redacción del texto “El arte de la guerra”. Tal vez el concepto que mejor define al pensamiento de Sun Tzu es que el arte de la guerra consiste en ganar sin necesidad de pelear. Se trata de imponer la voluntad sobre el otro sin la necesidad del combate. Lo cual no significa que en el pensamiento de Tzu no se analice el ejercicio de la violencia organizada que implica la guerra. La acción, el territorio, el liderazgo, la unidad de mando, la disciplina, y la fuerza son fundamentales en la ejecución de la violencia, pero también se incluye en el pensamiento la necesidad del “engaño”. Dice Tzu “Una operación militar implica engaño. Aunque seas competente, aparenta ser incompetente. Aunque seas efectivo, muéstrate ineficaz.”.


En Clausewitz está el concepto de la “sorpresa”, que es acción inesperada por el enemigo, que lo encuentra desprevenido, indefenso y genera, por tanto, mayor daño. Pero esta sorpresa en Clausewitz implica un razonamiento extraordinario, un pensamiento de otro orden, una acción inesperada que puede ser sorpresiva incluso para quien la ejecuta. En la visión de la Guerra de Clausewitz hay un margen de azar, la “la niebla de la guerra”. En la tradición oriental, en cambio, vemos que la sorpresa resulta de una construcción de engaño, de producir un escenario. La sorpresa es resultado de lo que se le hecho creer al enemigo.

No voy a detenerme demasiado en la comparación de estas dos corrientes de pensamiento militar, lo que me interesa es pensar como la tradición oriental, al concebir la guerra con una filosofía más amplia ha permitido desarrollar otras estrategias de combate que han dado lugar a lo que hoy llama “guerra de guerrillas” es decir, una táctica militar que evita grandes confrontaciones en beneficio de ataques cortos y limitados que deterioren la capacidad operativa del enemigo. Esto puede obedecer a una correlación de fuerzas desfavorable como también a una filosofía de economía de fuerzas. Este tipo de estrategia es la que llevó a cabo Ho Chi Minh en Vietnam, donde las fuerzas comunistas vencieron a EEUU.

 

Creo que pensar estas dos maneras de enfrentar el conflicto pueden darnos alguna idea sobre cómo se está desarrollando la actual guerra comercial entre EEUU y China. EEUU ha buscado golpes directos sobre recursos que supuestamente afectaba a China, el petróleo venezolano, el petróleo en Irán, al mismo tiempo que limitaba el acceso al mercado norteamericano de la producción China.  Mientras que China parece no haber sentido los golpes norteamericanos, (tal vez la administración Trump ha sido víctima del engaño y ha malgastado recursos y fuerza en ataques sin resultados), y solapadamente ha fortalecido de manera indirecta vínculos comerciales con un sin fin de mercados menores pero que al final del día termina terminan limitando el accionar económico de EEUU.

 

 

El caso de Milei, el avance chino sobre América latina.

 

Lamentablemente el caso argentino es increíblemente ilustrativo, la total subordinación política a la administración norteamericana le ha brindado al gobierno de Milei recursos financieros impensados para cualquier gobierno argentino. Desde un apoyo declarativo que impacta en las expectativas de los mercados financieros hasta intervenciones directas en el mercado de cambios local que influyeron en una elección legislativa. Pero en la práctica económica real, el gobierno de Milei ha aumentado como nunca en la historia el intercambio comercial de Argentina con China. A tal punto que por primera vez en la historia la balanza comercial con China dio negativa. Es decir, todo lo que le vendemos a China, en soja, litio, carne y productos agrícolas está completamente empatado y superado por importaciones de todo tipo, donde como fenómeno nuevo podemos encontrar automotores. Automotrices norteamericanas instaladas en el país reducen su producción mientras llegan autos de China. Es decir, en el gobierno de Milei, con auspicio de EEUU, estamos cambiando autos norteamericanos por autos chinos. Y analizando en detalle los mecanismos comerciales detrás de muchas importaciones chinas podemos encontrar como novedad, que muchas empresas importadoras son empresas chinas instaladas en el país al efecto de llevar a cabo esas operaciones de importación. Es decir, van desapareciendo intermediarios locales. No hay que ser muy inteligente para imaginar una política estatal decidida en Pekín para instalar empresas buscando agilizar el intercambio comercial con el fin de empatar la balanza comercial, algo que puede haberse convertido en prioridad ante los aranceles de Trump. Es lo que sucede con muchas empresas importadoras de textiles, de electrodomésticos y tenemos un ejemplo ilustrativo en la marca de autos “ByD”. Según una nota de La Nación, se menciona que “BYD, líder mundial en vehículos electrificados. A diferencia de la mayoría de sus competidores, la marca desembarcó en la Argentina con estructura propia, sin intermediación de un importador local. De este modo, gestiona directamente su operación comercial, su red y el posicionamiento de marca en el mercado argentino.” En la nota, además, se pueden ver los enormes vínculos del grupo Macri (líder de la derecha argentina, pro norteamericana y aliado circunstancial del gobierno de Milei) con las automotrices chinas.

 

Tal vez parte de la gran derrota norteamericana en la guerra comercial con china viene de no entender que las derechas neoliberales por su vinculación con el capital financiero que se asocia a un libre mercado que hoy solo puede ser explotado por la producción comunista son la mayor herramienta de la guerrilla comercial china. Es que en la actualidad EEUU no posee la producción necesaria para dominar los mercados mundiales (de hecho, no posee ninguna producción) de ahí se desprende que la única manera de contener el avance industrial de china es cerrando los mercados a sus producciones, pero para eso debe sostener modelos de desarrollo que no encajan con las ideologías ni las prácticas de las derechas neoliberales. En el caso de Latinoamérica la sumisión ideológica de las derechas, las han llevado a crear economías feudales que buscan siempre un beneficiario extranjero, al no estar disponible EEUU, queda China. Los aliados de Trump son los principales jugadores para la expansión china.

 

EE UU, China y los vasallos.

 

La caída de EEUU es también la caída del capitalismo tal como lo conocemos hoy, que como ya vimos está muy lejos del capitalismo industrial que supero a la sociedad feudal, mejoro las comdiciones de vida de occidente y venció, luego, a la unión soviética. El orden que viene resultando, donde occidente se convierte en un mero mediador financiero y comercial, en el mejor de los casos, de la producción material comunista configura un capitalismo inviable. ¿De qué van a vivir todos los habitantes de occidente si no hay a quien vender su fuerza de trabajo, porque todo el trabajo está únicamente en china? ¿Alcanza una economía de servicios e intermediación financiera con china para dar trabajo a todos los habitantes de occidente? no hay que hacer muchas cuentas para saber que no. ¿Será el nuevo orden un mundo donde EEUU sea apenas un terrateniente chino, resolviendo de (alguna manera impensada hoy el desempleo de su población) y todos los demás países, vasallos pobres de un nuevo orden gobernado desde china? Todas estas preguntas, aunque exageradas, exhiben el conflicto real del nuevo orden que se está definiendo.

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